Lluc sale de casa deslizándose entre las nubes que una mañana perfecta han dibujado en su camino.
Se ha levantado con la inédita sensación de saberse repuesto.
El café, solo, con una cucharada de azúcar, resbala suavemente por una garganta relajada, el equilibrio justo de amargor, temperatura y densidad. Un café perfecto que le ha conducido, de manera instantánea, al baño.
Lluc ha evacuado, en una sucesión impecable e inexorable de acontecimientos, la cantidad, el calibre, la textura y la consistencia precisos para proporcionar una experiencia extremadamente satisfactoria. Una deposición rotunda, que inspira en él los pensamientos más elevados y le infunde el optimismo suficiente para afrontar con energías renovadas lo que queda del día, que es casi todo.
Su paso por la ducha no es menos agradable. 38 grados y la presión de agua deseable, jabón perfumado, PH neutro, champú de huevo y suavizante de lavanda con ligeros, pero remarcables, toques de frambuesa. El tacto del rizo de algodón de la toalla le reconforta y le prepara para vestirse con la ropa más cómoda que tiene en el armario.
Fibras naturales, prendas holgadas, calzado con la horma perfecta, suelas con las que flota como una pluma mecida por la brisa.
Dispuesto a redondear la mañana perfecta con un perfecto ágape, extrae de la nevera una hermosa dorada, fresca y apetitosa, que ayer la pescadera limpió con mimo para cocinar a la sal.
Una pequeñísima sombra cruza su mirada, solo un instante, cuando comprueba que no le queda sal en la despensa.
No supone un problema. Ni tan solo un inconveniente. Solamente una leve interrupción que decide solventar con diligencia, acudiendo al colmado que hay, precisamente, junto al portal de su piso.
Silva cada uno de los escalones que le separan de la tienda y al entrar enfrenta una cortísima cola de paisanos que se disipa casi inmediatamente, atendidos con la amabilidad y presteza habitual de la dependienta.
Llegado su turno, Lluc se dirige a la mujer, bien entrada en los treinta y de innegable atractivo y simpatía, y pide sal.
—Póngame sal marina y menuda, por favor.
Carmen, la abnegada empleada del ultramarinos, se inclina sobre el mostrador para despachar la sal, mostrando, no sabemos si involuntariamente, un voluptuoso escote que, como no podía ser de otra manera, no pasa inadvertido a nuestro protagonista, que anota de inmediato:
—Señora, disculpe la observación, pero me la está usted poniendo gorda.
A lo que la mujer contesta sorprendida, no sin cierta picardía en la mirada y con una sonrisa cómplice:
—Por supuesto que le consiento la objeción, pero es mi obligación corregirle: se la estoy poniendo menuda.
—Ciertamente, Carmen, si me permite que la llame por el nombre que aparece en su chapa, justo al lado de esa abertura en la camisa que me está soliviantando de manera evidente, menuda me la está poniendo.



Acabo de leer esto por azar en mi vida y lo celebro. Mis dieces.