Tenga muy en cuenta que la señorita es literal

Estoy a punto de desmayarme», dijo la señorita Von Oelix. Por suerte yo estaba detrás de ella para sujetarla y guardar aquel papel. Desde que había entrado a trabajar como interna en la diminuta mansión que supuestamente pertenecía a su familia, todos los mayordomos me advirtieron de lo mismo. «La señorita es literal». Tardé un par de días en entenderlo. Sabía que me habían contratado para observar de cerca una extraña afección que poseía la señorita Von Oelix porque lo dejaron bien claro en todas y cada una de las cartas, pero jamás habría imaginado que pudiese existir algo así.

Si la señorita decía «me voy a dormir» se dormía al instante, ignorando los procesos anteriores que tantos de nosotros llevamos a cabo como leer, echar un pis o llorar pensando en la familia. Si la señorita decía «bajo en un minuto», podías poner en marcha un cronómetro y comprobar que, justo cuando aparecía el número uno en el minutero, también la señorita aparecía por la puerta. Es más, los miembros del servicio escondían en todas las habitaciones mudas de ropa extra y toallas, por si acaso veía algo que le hiciese decir «me cago de miedo».

Todas las noches le tomaba la tensión con cuidado y anotaba sus constantes vitales. A excepción de cuando dijo, tras correr por todo el jardín, «se me va a salir el corazón por la boca», todo era normal. Pero era por expresiones como aquella por lo que me habían contratado. No había sido fácil bajar el órgano de nuevo a su sitio sin realizar una intervención quirúrgica, pero finalmente lo conseguí. Creo que fue ese día cuando me gané el respeto de la señorita Von Oelix.

No tardó mucho en empezar a hablarme de su padre, un hombre alto y silencioso, y yo le hablé del mío, uno bajito y ruidoso. Me habló de su madre, de su perro y de la escalera de caracol del palacio donde todos vivían, tan lejos de ella.

«¿Y por qué te enviaron aquí?», le pregunté con curiosidad, observando las paredes de aquel lugar en el que apenas cabíamos ella, yo, y los diez mayordomos que la servían. «Porque aquí, si digo que me voy a dar una vuelta, no tardo demasiado».

Tras el desmayo, tres mayordomos y yo subimos a la señorita a sus aposentos. Yo me senté a su lado en la cama, mientras que ellos se quedaron de pie delante de un cuadro que había sido dividido en dos, pues era muy grande para la pared.

Cuando por fin despertó, me miró fijamente a los ojos y me preguntó por la invitación que le había hecho desvanecerse en primer lugar. Me la saqué con cuidado de la bata y se la entregué. Observé cómo sus ojos verdes se movían de un lado a otro, releyendo con emoción la carta que le había enviado el señor Von Aterix.

«¿Vas a ir?», le pregunté.

A lo que ella respondió: «Me muero de ganas».

Pablo Fontaneda Amo
Pablo Fontaneda Amo
Agente secreto hasta hace unos segundos

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