El vino tinto es de machotes

Es el día, estoy listo. Me miro al espejo. La palabra atractivo es lo único que cruza mi cabeza. Sí, voy a triunfar. Una última miradita a mi impecable reflejo, antes de dirigirme al restaurante. Llego diez minutos antes de lo acordado; todo un caballero, diría yo. Espero junto a la puerta. Me siento bien y el traje me sienta aún mejor. Si solo pudierais verme, me daríais la razón. Después de secaros la baba, evidentemente.

Las nueve en punto, pero no hay nadie con un abrigo rojo. Empieza a refrescar; mejor la espero dentro. El restaurante es sobrio: mucha madera, luz tenue. Me siento como en los sesenta. En los sesenta que he visto en las películas, claro.

Antes de entrar a la sala donde las cenas ocurren, está el bar. La reserva está a su nombre, así que decido esperarla con un vino. Siempre tinto, que es la bebida del hombre elegante. Pienso en cómo debe sonar su nombre en mi boca. Lo suelto flojito.

—Noa.

Bonito nombre para una, seguramente, bonita mujer. Quizás mi próxima esposa, quizás la definitiva. He cambiado. Si la encuentro y me caso, ya no habrá un quinto divorcio. De los errores se aprende y del dineral que te gastas en abogados también.

Bebo y espero: nada. Me acabo la copa y noto que me hago pis. ¿Serán los nervios? Supongo, soy demasiado joven para la incontinencia (me autoconvenzo).

Voy al baño, deseando que no aparezca en mi ausencia. Mientras me lo sujeto, me cuestiono si mi miembro será lo suficientemente atractivo para mi cita. Qué tontería. Me río de mí mismo, claro que lo será. Siempre lo es (y no lo digo solo yo). Recuerdo la noche en la que mi segunda esposa me confesó: «Si no tuvieras el pene tan bonito, te hubiera dejado ya». Tardó un año en oficializarse el divorcio.

Me lavo las manos y me aborda otra duda: ¿qué pasa si es fea? No se puede ser un capullo con la sobrina del jefe del mejor amigo de tu padre. Me juego mi reputación. Decido prepararme para una reacción adecuada al verla. Sonrío al espejo. Un poco más. No tanto. Así. Perfecto.

Salgo del baño y la busco. Abrigo rojo, abrigo rojo. Veo a una rubia tan impresionante que mi instinto varonil deja ir un silbido. Por suerte, me mantengo escondido. Sigo buscando. Abrigo rojo, abrigo rojo. Veo como un hombre le mete mano sutilmente (o no tan sutilmente) a su acompañante. Sonrío, o es la primera cita, o es la amante. Me ajusto los pantalones y rezo por una primera cita con final feliz (para mí, por supuesto). Vuelvo a mi cometido. Abrigo rojo, abrigo ro… ahí está.

Me meto en el baño de nuevo. Perplejo. La palabra es perplejo. Quizás me he equivocado. Me vuelvo a asomar al bar y lo veo. ¿En serio? Maldigo los nombres unisex. Vivimos en un mundo demasiado moderno. 

Lo vuelvo a mirar. Moreno, espalda ancha. Lleva una camisa desenfadada y mal abrochada, pero aun así su porte es elegante, casi… ¿atractivo? Me cuestiono mi sexualidad. Puede que cuatro divorcios con cuatro mujeres despampanantes fueran solo una gran tapadera. Pienso en los bonitos pechos de mi primera esposa (mi favorita). Se me pasa. Menos mal.

Aun así, no tengo escapatoria, porque yo siempre (siempre) cumplo con mi palabra. Menos con la de los votos nupciales (pero eso queda entre el de arriba y yo). Avanzo hacia él. Quizás antes de encontrar a “la mujer de mi vida”, es decir, la quinta, deba experimentar. No sé muy bien cómo abordar el… caso. Decido actuar como siempre lo he hecho. Me acerco y, con mi mejor voz ronca, le pregunto:

—¿Me puedo sentar?

Me mira y esboza una sonrisilla. 

Juro que nunca me han gustado los tíos, pero de repente, estoy dispuesto a probar el vino blanco y quizás… una buena polla. 

El tinto sube más, ¿no? Es que no suelo beber vino. Tampoco me he divorciado nunca. Lo del pene bonito os aseguro que sí me ha pasado. Por lo demás… No sé, ya voy por el segundo vino. Bueno, deseadme suerte. Quién sabe, si va bien, puede que la quinta acabe siendo quinto.

Balma Martín
Balma Martín
Escribo mucho, quizás en exceso. Soy un poco (demasiado) intensa para escribir comedia, aunque escribo de todo. Me gusta el humor ácido, me repito más que el ajo (pero menos que mi madre) y mi nombre nunca está en las pulseras de la feria. ¿He mencionado ya que escribo (mucho)?

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