Es el año dos mil doce y te acaban de detener por participar en una manifestación que lleva por lema Rodea el Congreso: Democracia Real Ya. Dos antidisturbios arrastran tu cuerpo calle abajo. Cuando llegáis al Paseo del Prado te empujan contra la parte trasera de un coche de policía y te preguntan: «¿Te ríes de España? ¿Te ríes de España?». Decides no abrir la boca porque has leído en Twitter que así es como debes actuar si te detienen. Uno de los dos antidisturbios que te ha arrastrado calle abajo tira el escudo al suelo y se quita el casco. Pega su cabeza a la tuya durante unos segundos y comienza a dar saltos. Un compañero que pasa por allí le pregunta si está bien y el antidisturbios sin casco te señala y responde que cómo va a estar bien si esa pedazo de mierda que hay ahí se está riendo de España. Ahora son tres los antidisturbios que te preguntan si te estás riendo de España. Cierras los ojos e intentas pensar en todo lo que has leído en Twitter. Pero en Twitter no han dicho nada de qué hacer cuando recibes el primer golpe y luego el segundo y, por último, el tercero, porque ahora son tres los antidisturbios que te preguntan y te golpean. Estás en el suelo hecho un ovillo. Por suerte, los golpes cada vez te duelen menos y los gritos los escuchas más lejanos. Ya casi no los oyes. Vuelves a abrir los ojos y no hay nadie. Todo ha sido una pesadilla. Una pesadilla horrible. Te levantas del catre y pides por favor un vaso de agua al celador. El celador responde que lo más importante es hidratarse. El celador atraviesa el pasillo con tu vaso de agua en la mano. Cuando está a punto de llegar a tu celda, sacas un brazo para coger el vaso. Pero el vaso nunca llega. O al menos no llega de la forma en que tú lo esperabas. El celador te lanza el vaso de agua a la cara y te pregunta: «¿Te ríes de España?»


