Señor juez, si deja que me explique, verá que todo está justificado. Para entender la clave de este embrollo, tenemos que irnos al 30 de marzo de 2020. El mundo estaba paralizado por la pandemia y yo, como muchos otros españoles poco o nada esenciales, estaba encerrado en casa, desorientado, sin saber qué hacer, sin ni siquiera ser capaz de encontrar las gafas. Y estoy ya en edad de progresivas, así que no podía ni leer ni ver la tele, y tampoco podía bajar a la óptica porque estaba cerrada, a pesar de ser, digo yo, esencial. Pero aunque hubiese podido ir, ¿usted sabe lo que cuestan unas gafas progresivas? Ya se lo digo yo: mucho.
Estaba, insisto, perdido. Fue entonces cuando me acordé de un amigo que trabaja en China, en una empresa de bolsos. Bolsos de mierda, no se vaya usted a pensar, pero en la misma fábrica hacían los de marcas caras y mi amigo le traía a mi señora alguno cuando venía a vernos. Exactamente igual que los buenos, con el logo y todo. En la fábrica hacen de más y luego los venden bajo mano como si fueran los de verdad, porque son los de verdad, aunque no son los de verdad, no sé si me explico.
Pero no le llamé por los bolsos. Le llamé porque me dije: “Este tío seguro que tiene contactos con empresas que hacen mascarillas”. Porque, señoría, como usted bien recordará, en las primeras semanas de la pandemia todo el mundo estaba buscando mascarillas. Y gel. Y yo, mis gafas. Ahí vi una oportunidad: le llamé y me dijo que no conocía a nadie que fabricara mascarillas, pero que podía hacer unas llamadas. Y las hizo, y al cabo de unos días habíamos firmado un acuerdo ridículo con varios ayuntamientos para venderles unas cuantas cajas que nos habían casi regalado. El acuerdo era absurdo. Mi amigo quería vender las mascarillas por dos euros cada una y yo le dije que con eso no tenía ni para empezar. Las vendimos al triple y además pedimos una comisión.
La policía no vino a hacer preguntas, ni ningún fiscal se interesó por el tema, ni nada. Así que decidí reinvertir lo ganado. Los precios de las mascarillas ya estaban cayendo. Eran, si me permite el chiste, más baratillas, por lo que soborné a un par de los mismos ayuntamientos de antes para que me dejaran construir pisos de lujo. Para que todo fuera más rápido, incluso le llevé algún maletín a cierto ministro.
Pero con todo eso solo conseguí quedarme sin dinero y con la obra a medias. Como ni aun así había llamado la atención de las autoridades, me ofrecí a usar las obras para blanquear dinero de narcotraficantes, que usé para financiar más edificios, sobornar a más concejales y seguir blanqueando dinero. Ante la pasividad de la policía, decidí aceptar el pago de los narcos no solo en efectivo, sino también en mercancía, con lo que acabé dirigiendo una pequeña red de narcotráfico regional. Como nadie hacía nada y tenía más dinero del que podía contar —sobre todo sin gafas— abrí un banco, que ahora tiene casi doscientas oficinas en todo el país y que justo el año pasado empezó a operar en Luxemburgo.
Pasé por momentos de zozobra personal. No veía bien nada de lo que me estaba pasando. ¿Por qué no me investigaban de una vez? ¿Qué más tenía que hacer para que las autoridades actuaran? Señoría, llegué a pensar —y le ruego que me perdone— que la justicia en este país es un cachondeo y que nadie se iba a meter conmigo siempre que pasara sobres a las personas adecuadas. Así que dejé de pasarlos. ¿Y qué ocurrió? Nada de nada. Tiene sentido: a esas personas no les interesaba que se supiera todo lo que ya habían cobrado. Así que tuve que hacer lo contrario: soborné a la guardia civil, a la policía nacional y a la fiscalía para que se interesaran por mis negocios.
Y así, finalmente, la UCO entró en mi casa y la registró. Y en un cajón del escritorio de mi mujer, bajo unos papeles que creo recordar que consulté hace seis años, al principio de la pandemia, estaban mis gafas, las progresivas, las caras. Como no eran prueba de nada, los agentes no se las llevaron y me las pude poner. Qué descanso, al fin lo veía todo claro. Nítido. Cristalino. Aunque tuve que limpiarlas porque estaban hechas un asco. En fin, señoría, que por eso hice todo lo que hice, porque necesitaba un registro en condiciones para encontrar las gafas y nadie registra mejor que la UCO, que hasta sale en prensa por eso. No sé si tiene más preguntas, imagino que no. Además, se está haciendo tarde y yo tengo una reserva para cenar. Pero en fin, si me quiere llamar en otro momento, estoy a su disposición. Envíeme un whatsapp antes, por si estoy liado.


