La extraña historia del sin-hogar ultra

Lo que voy a contar no va a tener ni puta gracia. Y no es creación, porque sólo voy a explicar lo que pasó, pero creo que merece la pena hacerlo, por lo que destila de la preocupante situación actual.

Mi pareja y yo vamos a comprar pollo asado, y a la puerta del establecimiento un señor de mediana edad nos pide si le podemos dar a él, y a la mujer que le acompaña, algo de comida. No profeso ninguna religión, pero tengo interiorizado que no se puede negar comida a quien la pide. Mi pareja entra al establecimiento, donde se encargará de comprar algo para estas personas.

Mientras esperamos, intento practicar lo que a mí me gustaría si estuviera en su situación: no les convierto en invisibles, sino que les doy pie a que me cuenten lo que están viviendo. Y ahí es cuando la historia me hace replantearme si no será verdad eso de que hay un dios, o una energía, que está  partiéndose la caja a mi costa.

Al comentarles que cerca de donde nos encontramos pueden ir a la Cruz Roja, que tiene un día establecido para entregar alimentos, me dicen que “eso es un engaño”. Por suerte para mí, no sé cuánto hay de verdad en la afirmación, porque no he tenido que solicitar ese tipo de ayuda, y por tanto, murmuro un educado, “Ah, sí?”, a lo que el hombre me acerca su móvil y suena una arenga. La voz me suena… Un momento, le digo, “!¿ Ese no es Dani Esteve?” “Sí,” me dice él, ufano. “Es el de Desocupa.” Lo que he oído me permite entender que el vídeo es de cuando ocurrió la Dana y forma parte de la campaña de desprestigio que ese individuo y otros se dedicaron a hacer contra ONG establecidas.

Le pido que quite el vídeo, porque no me interesa lo que dice ese individuo. Se sorprende, y me dice que él no tiene casa, los dos viven en la calle, pero que él “Jamás ocuparía una casa”, y que está muy bien que haya personas que desocupan. De ahí pasa a las personas de determinado país como delincuentes contumaces y a que la culpa de TODO es de Pedro Sánchez.

Para ese momento, yo ya busco las cámaras del “Inocente, inocente”, pero no. Por desgracia, el monólogo de ese hombre, cuya única pertenencia es un carrito de la compra, ha derivado ya a decir que Vox será la solución. Cuando le expreso que la ultraderecha no será la solución para personas en su situación, él es quien se queda perplejo.

La salida de mi pareja con la comida me saca de la distopía que estaba viviendo. Se la entregamos, les deseamos que les vaya bien, y yo, lo reconozco, por un instante pienso: “Si lo hubiera sabido antes, no le daría ni un ala de pollo”. Luego, mi mente entrenada por ideas (seguramente estúpidas) de solidaridad y basada en un mínimo de ética deontológica, recuerda que es correcto “alimentar al hambriento”.

¿Lo haría él al revés? En absoluto. Diría: a este desdentado, vago y drogadicto no hay que darle ni los buenos días.  Y esa es la desgracia actual: estamos practicando el respeto y la empatía con personas que, en cuanto tuvieran la ocasión, harían todo lo contrario. 

Laura R.
Laura R.
Profe, redactora y traductora freelance (o sea, pobre)

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