Sobre la vez que me paseé en el metro y fui a la radio con un iMac bajo el brazo

Una historia real sobre humillación y burocracia.

El pasado viernes, como colofón a una semana difícil, el iMac dijo “basta”. La pantalla se quedó en negro. Estuve trabajando en el portátil y decidí que lo más rápido y efectivo sería llevar el iMac a la boca del infierno que es la Apple Store del centro. Como está al lado de la radio y el ordenador no pesa excesivamente, me lo puse bajo el brazo como un estudiante de Bellas Artes llevaría una de esas divertidas carpetas con dibujos y cogí el metro.

“Veo que has venido con el iPad”, “Déjalo aquí que de esos no tenemos”, etc. Los técnicos de la Ser son muy ocurrentes cuando quieren. Después de grabar crucé la calle hacia la Apple Store y nada más pisarla me di cuenta de mi error. Algo no encaja. No sólo resultaba un poco incómodo llevar bajo el brazo los mismos ordenadores que tienen allí expuestos (es decir, que parecía que hubiera cogido uno) sino que enseguida me di cuenta de que estaba llevando un cuerpo mortal a un recinto en el que no hay lugar para nada que no sea infinito. Me presenté a un bautizo con un cadáver.

“Reparaciones es arriba, ¿no?”.

Más vale dejar claro que no has cogido uno de sus ordenadores y que el que llevas encima es tuyo y lo has llevado de casa. Los esclavos corporativos que trabajan allí me miraron como quien mira a un demente. “Wow, ¿qué lleva bajo el brazo? ¿Es uno de los cacharros que vendemos aquí? ¿Cómo es posible? ¿Por qué lo habrá traído? ¿Puede ser que no le guste?”. No sé qué debió pasar por sus mentes corporativas y entrenadas para comportarse como un iPad. No sé que es lo que Siri debió susurrarles a su oído interno pero lo que vieron no les gustó en absoluto.

Tras subir las escaleras (que son transparentes, lo que le da a la experiencia cierto punto místico que te obliga a preguntarte a medio camino si has muerto recientemente y estás subiendo al cielo o a iCloud, que es lo mismo pero más caro) hay una chica con un iPad que hace un poco de San Pedro.

“¿Tienes cita previa?”. “No, no tengo cita previa, uno no planea su muerte, lo siento muchísimo”. “Uy, es que has venido con todo esto”.

Cuando dijo “todo esto” se refería al ordenador. Fue como si no quisiera decir su nombre, como si resultara tremendamente molesto, rudo y de mal gusto ensuciar su tienda terriblemente eficiente con el peso muerto de una máquina estropeada. “Has venido con todo esto”, dijo. Lo pronunció con mucho cuidado, con mucha sorpresa, como si llevar a un ordenador a una tienda de informática (voy a repetirlo, una Apple Store es una tienda de informática por si alguien lo ha olvidado) no fuera sólo fuera raro y excéntrico sino irremediablemente tonto y torpe.

“No tengo cita previa, se me ha estropeado y vengo a dejarlo aquí para que lo arreglen”.

“Es así cómo funciona, ¿no?”. No, claro que no es así como funciona.

La chica me mira y mira al trasto como no queriendo reconocer a un familiar muerto… (como si, de hecho, no vendieran exactamente el mismo cacharro en el piso de abajo o cinco metros por debajo de ella en línea recta). Me indica con la simpatía de un robot programado por nazis que me dirija a una cola que hay a mi derecha y me dice que no sabe si me podrán atender hoy porque debería haber pedido cita previa. Miro a la cola y lo que hay en la misma son quince personas sujetando su iPhone y preguntándose cómo pueden mover los iconos de sitio o qué es iCloud.

Yo sólo quiero dejar el ordenador en un mostrador, que me den un recibo y que me llamen a los tres días diciéndome lo que le ocurre y lo que me va a costar que deje de ocurrirle. No quiero hacer cola al lado de una persona que ha escuchado hablar a Siri y cree que su móvil está embrujado. Lo que veo es que en la Apple Store no hay un mostrador porque en el cielo no hay mostradores porque eso sería demasiado impersonal. Para hacerlo más cercano prefieren tener mesas y esclavos corporativos que hablan contigo sin apartar la vista de su iPad lo que, sin duda alguna, convierte la experiencia en algo muchísimo más valioso. Quality time.

Cuando por fin me toca el turno, un esclavo con el pelo teñido de rubio (no juzgo que tenga el pelo teñido de rubio, es que en estos entornos uno necesita fijarse en la característica física de cada esbirro para poder distinguirlos a unos de otros) me vuelve a preguntar si tengo cita previa. Imagino que el hecho de estar en la cola de los perdedores con un ordenador en el regazo no es una pista suficiente para deducir que no, que no tengo cita previa. “Te puedo dar cita para de aquí a dos semanas para que lo mires con un experto”. “Pero yo es que no quiero estar al lado, sólo quiero dejarlo aquí”, le digo.

No va, se queda en negro, no sé lo que le ocurre, no quiero saberlo, sólo quiero que funcione. Tengo dinero, puedo pagarlo, me cago en Dios.

No necesito ver cómo alguien abre el ordenador y me explica lo que va a hacerle y ver hasta qué punto todo el proceso es extremadamente profesional. ¿Sabes lo que es profesional? Dejar tu puto ordenador en cinco minutos para poder volver al trabajo, eso es profesional.

Pero no funciona así. No, en la Apple Store no conciben que una persona pueda dejar a su ordenador a solas. No conciben que la máquina no es un gato, o un perro o un bebé. Uno no deja a un bebé en el médico y vuelve al cabo de unos días para ver si ya no vomita sangre. Cuando uno lleva a un ser querido al médico se queda allí aguantándole la mano. Y si no hay cita previa no dejas al bebé en la sala de espera o en un cuarto a oscuras rodeado de otros bebés sino que te lo llevas a casa y vuelves otro día.

Pero es que es un ordenador, no necesito estar a su lado cuando le abran las tripas. Me da igual, no tengo especial aprecio por el montón de cables. Ni siquiera necesito saber lo que le ocurre.

“Yo quiero dejarlo aquí”.

No es posible, desde luego. El esclavo corporativo teñido de rubio me indica que si quiero puedo sentarme a esperar para que me atiendan hoy “si hay suerte”. Tampoco me puede indicar la hora a la que podría tener (o no tener) suerte. Ni siquiera me da pistas sobre lo que significa “tener suerte” ni qué sucesos deben ocurrir para que yo pueda “tener suerte” hoy.

“Si falla una persona podemos colarte”. No, no dijo nada de eso. Sólo se quedó mirando a su iPad para no tener que contemplar la horrible visión de un tipo que ha tenido la ocurrencia de llevar su ordenador a la tienda en la que lo compró.

En ese momento entiendo que mi error ha sido concebir la Apple Store como una tienda de informática. “Joder, si aquí lo que venden son relojes feos y fundas para abuelos”, me digo. Claro, hombre, seguro que tienen otro tipo de servicio, establecimiento o entrada secreta para los profesionales como yo. Lo que necesito es saber el sitio al que llevar el ordenador como una persona normal, así que le pregunto al tipo si tienen algún servicio de reparación para profesionales en el que poder dejar el ordenador. El chaval probablemente sea un ingeniero al que le gustan “los ordenadores” y cree estar en la senda correcta para hacerse un lugar en Apple.

“Cada día estás un metro más cerca de Cupertino”, se dice por la mañana.

“Señor Cook, he escrito 10 frases ingeniosas para Siri, las tengo aquí en un dossier y me gustaría que se las mirara, creo que son muy humanas. También tengo una idea buenísima sobre cómo sincronizar el Apple Watch con la máquina de hacer fotocopias”. Se imagina a sí mismo diciendo eso de aquí a unos años y se dirige a la Apple Store con la satisfacción de saber que está en la senda correcta hacia el éxito y la realización personal.

El caso es que me dice que sí, que efectivamente tienen un servicio para profesionales. Por supuesto que lo tienen. Vaya que sí. “Me cortaría los cojones ahora mismo tras afilar el iPad con mis propios dientes si esta puta compañía para la que trabajo no tuviera un servicio para profesionales”.

El tío se preparó para saborear cada palabra desde su púlpito formado de iPads y aire celestial y cadáveres de bebés chinos.

“Son 500 euros al año y entonces las incidencias se procesan como urgentes”.

Me reí tanto que casi se me cae el iMac al suelo. (Me imagino a todos los esclavos corporativos chillando y agarrándose muy fuerte la cabeza retorciéndose de dolor como una mente colmena a la que acaban de arrancarle el alma si me llega a pasar). “Venga hombre, ¿estás de broma? ¿500 euros al año?”.

Por supuesto que el chaval teñido de rubio esperaba esa respuesta porque yo no voy con traje y corbata y porque un profesional de verdad, un puto empresario, no va con un iMac bajo el brazo por la calle, en el metro, como un paria, como un vagabundo que sólo puede sabría usar un iMac para escribir con tiza en la pantalla ‘no tengo trabajo por favor dinero comida lo que sea gracias’.

“Bueno, claro, es para profesionales”, me dice a modo de respuesta y con media sonrisa. Él estaba esperando mi reacción. ¡Vaya cura de humildad que me dio, me aplicó el tratamiento entero! Oh, cómo se deleitó con cada sílaba, como diciendo “¿quién coño te has creído que eres? Un profesional no lleva gorra como tú. Sólo ha existido una persona auténticamente profesional en la historia y se llamaba Steve Jobs y está muerto”.

Así que le doy las gracias y él me dice “a ti” y todos respiran aliviados y ven cómo me marcho. Y mientras bajo esas escaleras transparentes fabricadas de sueños e innovación pero, por otro lado, tremandamente resbaladizas, por lo que voy con todo el cuidado del mundo para no caerme y no terminar de romper el ordenador y me doy cuenta de que el tipo del pelo rubio era auténticamente humano porque una máquina no podría pronunciar cada palabra con tanta rabia contenida, que una máquina, en su absoluta neutralidad, habría sido de algún modo más compasiva y más, en definitiva, humana y empática, pues al menos no me habría mirado como se mira a los imbéciles o a los locos.

No sé qué les hice pero me odiaron, lo vi en su mirada y en su entonación. Creo que les molestó mi presencia porque les recordé que son mortales y que las cosas se rompen y que, al fin y al cabo, están trabajando en una tienda, porque eso es lo que es la Apple Store, una tienda en la que se venden productos que se fabrican en otros sitios.

Y al salir del recinto se puso a llover y cayó sobre Barcelona y sobre mí y sobre el ordenador el mayor aguacero que Dios Nuestro Señor había enviado en semanas.

He ido a una tienda de barrio y he dejado el ordenador allí.

Yo, en la radio, sujetando mi iMac de 27 pulgadas.

(Diciembre 2016)

Kike Garcíahttp://www.elmundotoday.com
Kike García (Motilla del Palancar, 1957) és un dels creadors de El Mundo Today, on escriu articles, i col·labora en mitjans com El País i Cadena Ser. Ha publicat dos llibres: Historia, el libro i Constitución Española. Com a còmic té tres discos de comèdia: Live at La Llama Store, Un señor bajito i Lo mejor de Félix el gato. Ha actuat a llocs de prestigi com YouTube i el Festival Cruïlla. És soci de la Llibreria La Llama Store i actual editor de Ratachillona.

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