Carta al niño vietnamita que cosió mis pantalones

Hola, niño. Perdona que te llame niño, pero a pesar de todas las llamadas y de algún que otro viaje a las oficinas de la central en Segovia, no me han querido dar tu nombre. Lo único que he conseguido es que me den la dirección de la fábrica y que me prometan que tu jefe te hará llegar esta carta.

Antes de nada, espero que estés bien. Y para que conste: creo que las condiciones en las que os obligan a trabajar son inhumanas. La jornada de setenta y dos horas semanales es un derecho al que no podéis renunciar y tenéis todo mi apoyo en vuestra lucha.

Pero yo te escribía por mis pantalones. En general, muy bien. De verdad, bien de talla, de color, me hacen buen culo… Pero tengo una pequeña queja. Muy pequeña. Casi sin importancia. Más que una queja, es un comentario. Un comentario constructivo. Una propuesta de mejora. Una sugerencia. No vengo enfadado. Vengo con ánimo de que nuestras vidas, las de los dos, mejoren.

Verás. La cremallera se abre todo el rato. A veces del todo y a veces solo un poco por arriba, lo que casi es peor porque parece que sea tan vago que no pueda ni subir la bragueta hasta el final y me rinda a medio camino. En plan, este tío viene de mear y prefiere llevar media cremallera bajada antes de hacer un último esfuerzo para que no se le vean los calzoncillos.

Imagina que vas al baño a media mañana (creo que no te dejan, pero bueno, los niños tenéis mucha imaginación) y por el camino de vuelta se te abre la bragueta.

Exacto: un día horrible.

Es que ya no puedo llevar estos pantalones porque me dan ansiedad.

Insisto: el resto, muy bien. Se nota que tienes las manos pequeñas, pero fuertes, porque están todos los remaches muy bien puestos, incluso en los rincones más difíciles. No das puntada sin hilo, si me permites la broma. Jajaja… Puntada sin hilo… Si no fuera por estos momentos… Menos mal que te queda el humor.

Ya sé que la culpa de que tú estés cosiendo cremalleras es de los países occidentales, que nos aprovechamos de la mano de obra barata. Lo sé. Leí un reportaje buenísimo hace un par de años sobre el tema. Pero tú y yo no vamos a solucionar este problema ahora. Ya me gustaría. Renunciaría alegremente a mis pantalones por tu futuro. Ojalá pudiera llevarte a la escuela yo mismo. Por desgracia, lo único que está en nuestras manos es hacer bien nuestro trabajo. 

Piensa que yo tampoco quiero madrugar para dedicarle siete u ocho horas diarias a la campaña de marketing de nuestros helados veganos. Pero lo hago. Porque he adquirido un compromiso con mis compañeros y con mis clientes. Igual que tú.

Y si tú no haces bien tu trabajo, yo no puedo hacer bien el mío. Para que te hagas una idea, hace unos días me pasé toda una presentación con la cremallera bajada y nadie me dijo nada porque a todo el mundo le sabía mal.

Estaba ahí de pie, pasando diapositivas con la cremallera abierta a la altura de la cabeza del director general.

Qué vergüenza.

El director general me podría haber mordido el pene, de haber querido.

No creo que morder penes sea lo suyo, pero imagina que lo llega a hacer. Él ni siquiera es vegano (también tenemos helados normales).

Total, que te agradecería mucho que le echaras un vistazo a las cremalleras porque me gustaría seguir comprando pantalones de esta marca. Piensa que si tú coses bien las cremalleras, podrías llegar a jefe de planta y yo a director de marketing. Vidas paralelas. Socios que lo rompen todo (menos las cremalleras). Meritocracia for the win.

Yo te ayudaré en lo que pueda desde aquí, por supuesto. Soy consciente de mi responsabilidad como europeo. Hoy mismo he comprado café de comercio justo. No me escribas para darme las gracias, lo hago de forma totalmente desinteresada. Tan desinteresada que ni siquiera me tomo el café. Lo tiro. Es como un donativo. Compro el café y a la basura. No lo hago por el café, lo hago por principios.

Pues eso: las cremalleras. No es una queja, insisto, es un comentario. Una sugerencia, si quieres. Unas palabras de ánimo para que sigas con el buen trabajo, me atrevo a decir.

Muchas gracias, compañero.

Jaime Rubiohttps://laconspiracion.es/
Jaime Rubio Hancock (Barcelona 1977, aunque aparenta 1981) trabaja en El País, donde escribe cosas y hace café. Ha publicado '¿Está bien pegar a un nazi?'. Autor del blog La decadencia del ingenio y de las novelas La decadencia del ingenio, El secreto de mi éxito y El problema de la bala. También ha colaborado con GQ.com y con Periódico Diagonal. Siempre habla de sí mismo en tercera persona para que no le confundan consigo mismo, pero me acabo liando y se delata.

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