Para cumplir con el estándar de mujer recatada y pulcra en el estreno de aquella película en Sitges, en la que no participé, sino como acompañante de uno de los dos guionistas, fui a hacerme las uñas al salón vietnamita de confianza en mi barrio.
Las regentas del lugar adquieren un poder lingüístico inesperado que se traduce en sumisión y escuetos intercambios monosilábicos. Es una labor que se ejecuta bajo el sepulcral silencio de las clientas.
Artistas de increíble pulso se apoderan de tus manos. Comienzan a limar, cortar cutículas, quitar células muertas mientras mantienen una acalorada conversación con su colega. Un idioma que no entendemos ni por asomo; en absoluto mutismo. Es inevitable preguntarme si hablarán sobre mis manos, de su horrible forma o el deplorable color que he escogido.
En aquel momento, cuatro mujeres, tres nacionalidades y dos lenguas convergen.
La distancia que existe entre la otra clienta y yo es un asiento. Nos miramos de reojo. No nos dirigimos la palabra, porque el capitalismo y el patriarcado nos han hecho enemigas (lo que se potencia aún más en un lugar en el que te dejarán las uñas preciosas y debes ser la más hermosa de todas). En vez de aliarse frente a la ignorancia idiomática, estamos estáticas, con las muñecas en alto, flexionadas y dedos separados.
La situación es incómoda, entregamos nuestra vanidad y se nos excluye de toda interacción: “¿De qué estáis hablando? ¿Por qué os reís?”
La conversación es aceleradisima. Mi aliada lingüística me ignora activamente, mientras reposa sus manos dentro de la lámpara LED cancerígena.
La artista encargada de dejar negras sus uñas está en medio de una llamada; la interfaz en vietnamita, ni siquiera se puede adivinar algo que explique la risa de ambas jóvenes. Esta situación dura una media hora. Las regentas prefieren el pago en efectivo. Pero el capitalismo nos ofrece las comodidades virtuales para el pago de bienes y servicios.
Acerca la tarjeta a un TPV de hace cinco años, aún con el plástico protector en la pantalla.
Pregunta si quiero el ticket (no imitaré su acento, queridos lectores, ya lo harán ustedes en el momento en que figuren esta situación).
No, gracias (con mi acento latino neutro, como de doblaje mexicano).
Creo que estas situaciones son venganzas curiosas. La lengua colona se rinde.
Nosotras, con relojes inteligentes, con un collar Tous, inmiscuidas frente a unas chicas que se explotan de nueve a nueve, sin pausa fija para comer de lunes a sábado, para que yo, un simple más uno en un festival de cine pijo, lleve las uñas pintadas gracias a una preciosa permanente vietnamita.


