Llevo semanas, quizá meses, sin lavarme el pelo

Últimamente me ha ocurrido algo curioso, que me tiene obsesionado. Algo que no me había pasado nunca antes en mi vida y que me ha dejado pensativo y preocupado desde entonces. Y es que el otro día, en plena ducha, me di cuenta de que llevo semanas, quizá meses, sin lavarme el pelo. No sé desde cuándo me ocurre esto ni por qué. Digo “me ocurre” pese a que soy yo la persona que padece esta situación y también quien la provoca, pues en la ducha estoy a solas y no hay otro responsable de la misma que yo. No es algo que haya ocurrido voluntariamente. No ha sido una decisión mía fruto de haber leído sobre una terapia rara en alguna web en la que te dicen que si no te lavas el pelo va a crecer fuerte y se va a fortalecer porque el champú es una estafa cosmética sin utilidad real alguna. No, nada de eso. 

El otro día al lavarme el pelo, en plena ducha vi ahí la botella de champú en el suelo y pensé “coño, la botella de champú”. Y la cogí con cierta extrañeza, como un gorila agarrando una piedra de forma extraña. Puse algo de champú en la palma de la mano y empecé a frotármelo. Y en ese instante reconocí un gesto que hacía mucho que yo no hacía. Y me pregunté “Kike, ¿puede ser que haga mucho que no haces este gesto, con los brazos en jarra hacia arriba sujetándote tu propia cabeza, amasando tu pelo? ¿Puede ser? Porque eso parece”. 

Y me aclaré el pelo con normalidad, salí de la ducha pensativo. Y tardé unas horas en decirle a mi pareja, a Abi “creo que me he lavado el pelo por primera vez en meses”. Con esto no quiero decir, que quede claro, que mi pelo haya estado sucio todo este tiempo o que lo haya mantenido fuera del agua, sino que simplemente no he usado champú en mucho tiempo, todavía no sé cuánto.

He estado mirando fotos intentando ver fotografías en las que se me vea con el pelo sucio o apelmazado para tratar de descubrir en qué momento, durante el proceso de mi ducha, empecé a saltarme ese paso. Escribo esto a finales de mayo. Si me voy a un podcast grabado hace cuatro semanas, me veo el pelo apelmazado y sin volumen. Si retrocedo cuatro semanas más, también. Si retrocedo más ya estamos en marzo (¡esto ya es mucho tiempo sin champú!). Ese mes hay unas fotos mías del día 14 actuando delante de un montón de gente. Están a gran resolución y eso me ha permitido un análisis minucioso. Se me ve el pelo algo apelotonado, con mechones marcados, como húmedo. Pero ese día empecé a trabajar muy temprano y estuve moviendo trastos y telones durante horas, por lo que puede ser que llevara el pelo sucio por ese motivo, por el trajín de esas horas previas, y no por llevar días sin usar champú. Por tanto no sería descabellado (je) pensar que estoy proyectando sobre esas imágenes la epifanía reciente que he tenido y simplemente estoy deduciendo, equivocadamente, que llevo el pelo sucio. Podrían ser imaginaciones mías (como creo que llevo tiempo sin usar champú, veo fotos y las interpreto mal). Sé, sin embargo, que este descubrimiento que he hecho (que llevo semanas, quizá meses, sin lavarme el pelo) tiene que ser real porque ha habido algún momento, hace escasas semanas, en el que llegué a verbalizar en voz alta y delante de otras personas que me notaba yo el pelo raro. En ese momento yo creía que era algún tipo de cambio hormonal a causa de algún proceso de maduración de mi cuerpo de cuarentón, entrando ya en una fase irreversible de madurez grasienta y enfermiza.


—Me ha cambiado el pelo, ¿no veis? Lo tengo distinto, con menos rizos. Ya no lo tengo tan rizado, es curioso.

Recuerdo haber dicho algo así.

Yo, tonto de mí, me veía el pelo incluso bonito, con una caída suave, menos espumoso, pesado. Me gustaba la sensación de mis mechones cayendo pesadamente sobre mi frente. Me veía, voy a atreverme a decirlo, más guapo. Tras tantos años, había conseguido domar a mi pelo y hacer las paces con él.

Ha ido pasando el tiempo desde mi descubrimiento y no ha habido pocas ocasiones en las últimas semanas en las que he flaqueado y me he dicho a mí mismo que no, que no, que no, que lo de que no me he lavado el pelo durante tanto tiempo es una idea que ha ido enraizando en mi cabeza, nunca mejor dicho, y que no puede ser, que me he autosugestionado. Simplemente me he lavado la cabeza todos esos días, pero no tengo ese recuerdo concreto porque nuestra cabeza elimina la información pueril y sin interés. Y entonces recuerdo una nueva prueba, como el hecho de que he desarrollado un gesto —consistente en retirarme un mechón de pelo que me caía justo delante de los ojos y pasármelo coquetamente detrás de la oreja— que nunca antes, dado lo vaporoso de mi pelo, había necesitado hacer. Un gesto que llegó a verbalizarse en casa —irónicamente, haciendo guiños al anuncio de “porque yo lo valgo” de una marca de champús— que deja clarísimo que no, que no son imaginaciones mías, sino que algo raro, un cambio, le ha estado a ocurriendo a mi pelo durante un tiempo. 

De hecho Abi llegó a sugerirme comprar un champú nuevo, porque veía que tenía el pelo algo grasiento, pero no se atrevió a decirme nada para no ofenderme o preocuparme.

Hay más pruebas: lavé la gorra. Eso fue raro.

Tuve que lavarla. Yo llevo gorra desde que tengo doce años. Soy el tonto de las gorras. Algunas las tengo desde hace mucho tiempo y nunca he necesitado lavarlas demasiado, pero este invierno me di cuenta de que mi gorra Carhartt color azúl claro, que solo tiene un año de vida, estaba bastante mugrienta en la zona interior y la limpié sin darle excesiva importancia. Dos semanas más tarde volvía a estar sucia de nuevo. Raro.

¿Y las fotos de febrero? Mi pelo está igual. En navidad (¡Navidad!) hay una grabación mía donde tengo el pelo más corto pero no parece especialmente sucio. En el podcast de título (que ahora me parece de un optimismo enternecedor) “¿Ha llegado el fin de Pablo Motos?” se me ve el pelo inequívocamente limpio. Normal, diría. Por tanto, este trabajo arqueológico me permite concluir que mi pelo empieza a parecer raro entre noviembre y diciembre. Hablamos pues de seis meses sin usar champú.

Establecido el cuándo, la pregunta realmente interesante es la del porqué. Por ahora mi tesis es que el motivo es accidental, quizá un día, por despiste o pereza, me salté ese paso durante mi ducha y mi cerebro reprogramó el protocolo ducha.

 ¿Ha sido un miedo oculto el que me ha llevado a cometer el mismo lapsus freudiano por sistema cada día durante más de 180 días? ¿O ha sido algo puramente mecánico, de memoria muscular? Pero en algún momento debió de implantarse esa nueva rutina y por tanto hubo una decisión consciente que me llevó a no lavarme el pelo durante un mínimo de días hasta que un nuevo conjunto de movimientos sustituyó al anterior, como cuando logras que tus dedos memoricen una nueva contraseña.

¿Qué me llevó el primer día a no lavarme el pelo? ¿Fue la pereza? ¿Fue la prisa? Imagino que debió hacer falta una serie de repeticiones, de decisiones conscientes, que me permitieran eliminar un paso completo, y no precisamente menor, de mi ducha. ¿Es el miedo a quedarme calvo? He odiado mi pelo toda mi vida, ¿puede que ahora que creo que lo estoy perdiendo y las entradas de mi cabeza están retrocediendo esté algo ansioso ante esa posibilidad que he preferido no lavarme el pelo para no palpar con mis pulgares que la línea de nacimiento de mi pelo ha ido retrocediendo ensanchado mi ya de por sí generosa frente? Tras mucha reflexión y creyendo que debe haber una causa razonable, de peso, detrás de esta anomalía mía, esto de la calvicie es ahora mismo la mejor hipótesis de trabajo que he encontrado, aunque eso supone aceptar dos hechos. 1. Que tengo menos pelo. 2. Que contra lo que me digo a mí mismo eso me angustia. No niego el primer hecho pero creo que sí el segundo, al menos conscientemente.

Pero quizá no, quizá es todo accidental.

He llevado gorras toda mi vida o, al menos, desde la adolescencia. Antes del instituto no me atrevía a llevarlas al colegio porque hubiera llamado demasiado la atención y eso hubiera sinónimo de recibir collejas, pero en mis ratos libres, en casa, en el camping, en vacaciones, las llevaba. Me han gustado siempre todas. Para un cumpleaños de mi padre le regalamos una gorra carísima de los Chicago Red Bull. Una cosa roja, noventera, bastante macarra. Él la llevó orgulloso pero yo la escogí porque era la gorra que me hubiera gustado llevar a mí. Creo que alguna vez en el camping acabó perdiéndola. Cuando se estrenó la película Jackie Brown de Tarantino y se popularizaron las ridículas gorras Kangool, que todo el mundo llevaba hacia atrás y le daba aspecto de narcotraficante ensortijado. Llevar gorras me ha permitido salir de casa sin peinarme. He llevado boinas, sombreros, gorritos de lana, gorras de cadete y gorras de beisbol, siendo estas dos últimas mis favoritas, por cómodas y funcionales. La visera, ese elemento de baja tecnología, resulta útil para lo obvio, que es taparse del Sol, pero también es cómoda en días de viento y lluvia y resulta de lo más práctica para agachar la cabeza y evitar cruzar miradas con los demás. Por algún motivo, supongo que porque soy una persona antigua, muy raramente las llevo en interiores y me resulta rarísimo llevarlas puestas mientras como. Si estoy en un restaurante me la suelo y quitar y la pongo debajo del muslo, lo que suele dejarlas bastante arrugadas. Solo durante mi niñez las he llevado a la americana, hacia atrás. Últimamente pienso que si me quedo calvo, o suficienemente calvo, todo el mundo creerá que llevo gorra para taparme la cabeza y me veo a mí mismo soltando casualmente la frase “he llevado gorras toda mi vida” para dejar claro, como quien no quiere la cosa, que no me avergüenzo de mi calva pero que me gusta llevar gorras, que no soy un calvo acomplejado.

No importa las veces que me diga antes de meterme en la ducha que esta vez sí que voy a lavarme el pelo, que es imposible que se me olvide, que soy una persona operativa, capaz, normal. Antes de ducharme Abi me hace algún comentario jocoso o yo mismo antes de entrar al baño me recuerdo a mí mismo lo del champú. Cuando he terminado y Abi me pregunta si me he lavado el pelo, yo entonces grito coño-joder-mierda y me doy cuenta de que no me lo he lavado, que he vuelto a caer hechizado por el automatismo de mis gestos cincelados por la rutina. 

—¿Te has lavado el pelo?

—No, mierda —golpe en la mesa.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Te lo juro. Se me ha olvidado, macho. Mierda. Joder coño.

(Risas, incredulidad etc.)

Sé que, por oportuno, sonará falso, pero ahora mismo, mientras escribía este texto, ha ocurrido algo curioso. He salido de la ducha hace menos de un minuto y con el pelo mojado —estoy ahora mismo estoy en albornoz sentado en el escritorio, poniéndolo todo perdido de agua—, animado por ese estado de paz y lucidez que sucede a la ducha, he acudido a escribir el final de este texto y mientras tecleaba la frase “ahora ya lo he superado, nada más entrar en la ducha, seco aún, me pongo algo de champú en la cabeza, como quien pone un chuerrete de crema sobre un pastel y luego, al caer el agua, es inevitable seguir con el proceso”, justo en ese momento, tecleando esas palabras que he tenido que borrar, me he dado cuenta de que no era así, de que hoy, una vez más, no me he lavado el pelo. Y he salido con toda la determinación, creyendo superado ya este bache y resulta que no. Han pasado ya dos semanas desde que me di cuenta de que algo me ha ocurrido en la cabeza y parece que por ahora estoy condenado a lavarme el pelo unos días sí y otros no. No puedo confiar en mí.

No logro recordar lavarme el pelo cada día. Debo hacer un esfuerzo activo por recordarlo y aún así eso no siempre da resultado. No sé qué me ocurre en la cabeza que cuando empiezo a ducharme me olvido automáticamente del pelo. Se me moja, sí, pero no recuerdo lo de usar el champú. Por ahora lo único que ha funcionado es echarme el champú en la cabeza, en seco, incluso antes de encender el grifo. Entonces, en cuanto empieza a salir agua del teléfono se genera espuma y eso hace imposible que me olvide de refregarlo. Pero a veces me salto ese paso. Higiénicamente es suficiente. A nivel de psicología personal y autorrespeto, no. 

Este texto ya se ha alargado más de la cuenta y no quiero hacerme pesado, simplemente quiero reflejar mi intención de llegar hasta el fondo de este asunto y descubrir si esto que me ha ocurrido es un problema neurológico o psicológico, si estamos ante un lapsus freudiano (pese a que siempre he considerado que el psicoanálisis es superchería) o una anécdota sin importancia. Como no salgo de casa, me suceden pocas cosas interesantes y quizá estoy dándole demasiadas vueltas a esta situación mía porque no vivo aventuras más interesantes.

Una noche me di cuenta justo antes de irme a dormir de que una vez más se me había olvidado usar champú y valoré volver a la ducha a modo de escarmiento, pero lo descarté. ¿Por qué haría eso? Mi pelo está limpio o en todo caso no tan sucio como para que nadie que no sea yo pueda notarlo. Además, nada me garantiza que eso vaya a funcionar. ¿Cuándo sabré que he recuperado el control de mis duchas, cuando me haya lavado el pelo tres veces días seguidos? ¿Cuatro?¿Quince? Pensaré que la maldición ha sido resuelta cuando ya no tenga que pensar en ello y pueda olvidarme del asunto.

El día de mi descubrimiento, cuando me lavé el pelo por primera vez en meses, no podía dejar de tocármelo, suave y suelto como estaba. Era adictivo. Escribo estas líneas a principios de julio, ahora ya me he acostumbrado a su textura y uso champú a diario. Diría que he superado este bache absurdo. Si no fuera porque este agosto tengo que grabar una cosa, me raparía el pelo para obligarme a ver mis propias entradas diariamente y acostumbrarme a ellas, como terapia de shock.

Mi pregunta ahora es: ¿qué otras cosas se me olvidan sin que yo sea consciente de ello? ¿Lavarme los dientes? ¿Limpiarme el ano después de hacer caca? ¿Darle de comer a la gata? Desde que me ocurrió lo del pelo vivo con tensión, inseguro del suelo que piso, repasando todas las tareas que tengo que hacer y puedo haber olvidado. Pero si realmente estuviera olvidando completar una tarea diaria esencial, ¿recordaría la existencia misma de la tarea? Por supuesto que no. Esto me arroja a una existencia anclada en la incertidumbre en la que no puedo estar seguro de ninguno de mis actos. Por definición, no puedes saber las cosas que no sabes. No puedes recordar lo que no puedes recordar.

Kike García
Kike Garcíahttp://www.elmundotoday.com
Kike García (Motilla del Palancar, 1957) és un dels creadors de El Mundo Today, on escriu articles, publica llibres i col·labora en mitjans com El País i Cadena Ser. És soci de la Llibreria La Llama Store, director de La Llama Fest, soci de La Llama School i actual editor de Ratachillona.

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