9:00
Otra vez pasando el aspirador. De verdad, ¿te crees que vives sola? Como ya me has desvelado, me levanto; total, en algún momento tendré que desayunar. Nada más cruzar el umbral de la puerta, ya me sueltas tu «¡Vaya, pensaba que no estaba haciendo tanto ruido!». Te miro con indiferencia y, para no alterarme demasiado, ignoro tu comentario y me dirijo al comedor. Punto a tu favor: el desayuno ya está servido.
Normalmente me lo pongo siempre yo: soy bastante de costumbres; llevo años tomando lo de siempre. A ti te va más experimentar y poner guarrísima la cocina. Luego me encuentro peladuras de fruta, trozos de grasa y gotas de zumo por toda la casa. Y cuando intento hacerte ver el asco que me produce, sin dejarme acabar, lo intentas solucionar con un «Anda, no seas gruñoncito, luego te dejo probar un poco».
11:30
Hoy te ha dado por preparar torrijas con la música a todo trapo. Yo, para evitar irritarme en exceso, decido salir un rato al balcón. Observo las plantas; todas, salvo las artificiales, exudan podredumbre. Por más que te lo señalo, no haces nada por sanearlas. Aún recuerdo el día que intenté podarlas yo ¡me cantaste las cuarenta! «¡Domingo, si yo compro las plantas, yo las cuido!».
12:00
«¡Domingo!» Te oigo gritar desde la cocina. «No te dije nada, pero hoy vienen Belén y Gabriel. Las torrijitas son para merendar con ellos, ¡ni se te ocurra tocarlas hasta entonces, eh!». Madre mía, Resu, parece mentira que después de una década no hayas reparado en que odio tus torrijas. Si como un poco cuando me das a probar, es por no herir tus sentimientos.
Igual que también me pones de los nervios cuando hablas por teléfono a gritos por el pasillo, cuando te quejas de tu jefa mientras intento ver la tele o cuando estoy en el baño y, sin avisar, echas la puerta abajo y dices «Domingo, ¿estás cagando?». Pues sí, y seguro que el sabor de mi mierda le da mil vueltas a tus puñeteras torrijas. Pero me callo, porque tú tienes el poder. Y eres consciente de ello.
El piso está a tu nombre y, si en algún momento me paso de la raya, temo que nuestros caminos se separen y yo me vea obligado a buscar otro lugar donde vivir en Barcelona. Que ya sabemos que la situación es extrema. Además, reconozco que yo tampoco soy fácil. ¿Salir en una de esas apps para encontrar casa donde tienes que venderte como «amigable, tranquilo y limpio»? Antes muerto. Me niego a empezar de cero con desconocidos en un piso interior sin balcón.
Cada vez que me sacas de mis casillas, me invade el pensamiento de volver al pueblo donde nací; eso sí, tardo poco en desechar la idea. Mi madre falleció joven y con mis hermanos no tengo relación desde hace años.
Uno de ellos, Miguelón (que ahora, por lo que se ve, se hace llamar Keeru), es influencer y tiene más de un millón de seguidores. ¡Y lo único que hace es airear su día a día! Me enteré de este giro argumental en su vida muy de rebote.
Un día, mientras tú acababas de cenar (comes demasiado lento, otra cosa de ti que no soporto), apareció en un reportaje y yo, pese a que (por temas que no vienen a cuento) llevo eones sin verlo, lo tenía clarísimo: esa melena negra, esos ojos verdosos inconfundibles, ese desparpajo delante de la cámara. Era él.
Y ahí lo tienes, facturando miles de euros, solo mostrando lo que come, sus largos paseos y sus trucos para mantenerse activo mientras suena una irritante música de fondo (aunque no tan horrible como con la que acostumbras a martirizarme tú).
«Domingo, ese tal Keeru es clavadito a ti. ¿Te imaginas que es tu hermanito perdido? Tú eres la versión más fofi, je, je», espetaste. No te soporto, Resu. ¿No te das cuenta de que pareces una niña de tres años cuando acabas las frases con «ito»? En fin, qué poco sabes de mí. Igual si no te creyeses el centro del universo y te molestases por conocer un poquito cómo era mi existencia antes de que tu aparecieras sabrías que, efectivamente, se trata de mi hermano.
Por mucho que intente entablar conversaciones profundas contigo, siempre te escaqueas con tus «Venga, anda, que te preparo algo» o tus «Ay, mi amorcito, no te enfades». De verdad, a veces pienso que solo me quieres para tener a quien abrazar cuando duermes.
12:30
Y ahí sigues, preparando tus estúpidas torrijitas con canelita para cuando vengan Belén y Gabriel. Que además, después de cada visita, no paras de echar pestes sobre ellos. Que si Belén te pide siempre Bizum cuando trae algo de picar a casa. Que si Gabriel tiene las uñas negras y no se quita la gorra de los Lakers ni para atrás. Que si están juntos solo porque Gabriel heredó el piso de su padre y Belén, con lo que gana, no tendría ni para alquilar una habitación. Es curioso, siempre ves la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. En mi opinión, nuestra situación es, de lejos, peor que la suya. Eso sí, yo te dejo que vivas en tus mundos de yupi si así eres feliz.
13:00
La tele está encendida y muestra, de nuevo, un primer plano de Miguelón (bueno, de Keeru). Están reponiendo el reportaje de LaSexta de la otra vez. De verdad, nunca entenderé estas cadenas con presupuestos millonarios que se limitan a repetir en bucle los mismos programas.
Me gustaría contarte lo que sucedió con mi hermano: te llamo varias veces desde el salón pero estás ensimismada en tus torrijas y tu música retumba tanto que, una vez más, ni siquiera me oyes.
15:30
¿Sabes qué? Ya está. Hoy mismo me marcho. Me da igual; no soporto tus manías, ni que no tengas en cuenta mi opinión, ni que dejes siempre la casa peor que un hospital robado, ni que cada vez que intente compartir mis sentimientos te vayas por la tangente. Esta misma tarde voy a cruzar esa puerta y no volverás a verme el pelo. Ya me las arreglaré. Total, tu egocentrismo probablemente no te permita percatarte de mi ausencia hasta pasadas unas cuantas horas, cuando, por mi parte, ya no haya vuelta atrás.
18:30
Suena el timbre. Abre Resu. «Hola, Belén. Hola, Gabriel. He preparado torrijas con canela para celebrar la Pascua. Cerrad bien la puerta cuando entréis, que si no se escapa el gato».


