Cuando un avión despega, comienza la batalla

PRÓLOGO: El despegue

Has superado la yincana absurda que supone coger un vuelo y has subido al avión. Superas también con éxito la pantalla final: tu mochila ha encajado milagrosamente en el único hueco libre del compartimento superior, y por fin te acomodas —te incomodas—en tu asiento, fila de dos, 55L, ventana. La disposición de los aviones, pensada cómo no para maximizar la rentabilidad, es una tortura para la gente alta como tú. Mientras ignoras atentamente las instrucciones de seguridad, repasas el panorama a tu alrededor: no hay niños al alcance de la vista, bien; en tu fila nadie con anatomía generosa, mejor. Te ha tocado al lado una señora menudita, con pinta de abuela joven. Pero sabes que delante de ti está la clave de todo; hasta que no llegue el momento no puedes anticipar qué clase de vuelo te espera. El avión, burlándose de la gravedad, se lanza a los cielos, a lo loco, siguiendo con irracional certeza sendas inventadas en el aire.

PRIMER ACTO: Se apagan las señales

El aparato ha cogido altura y se abre la veda: muchos respaldos comienzan a caer como fichas de un juego. Y el peor de tus presagios se confirma: el señor de delante, del que solo divisas una calva desacomplejada y unos brazos peludos casi negros, te pone el respaldo en la boca, haciendo uso hasta el último milímetro del margen que le permite la mecánica. Tratas de reconfigurar tu posición, pero por desgracia tus piernas no son de quita y pon. Suspiras de forma exagerada, como si no pudieras permitir que el mundo permanezca ajeno a la tragedia. Observas con resquemor a tu compañera de fila, que duerme desde hace rato, la muy cabrona. Podrías reclinar también tu asiento, pero no es tu estilo, siempre has sido amigo de la perpendicularidad. Además, tampoco serviría de mucho, ya que seguiría sin resolverse el tetris de tus piernas.

Eres evitativo, no te gusta el conflicto, pero está claro que algo tienes que hacer. Te armas de valor: te asomas como una ardilla en un tronco y le preguntas al señor sin rostro si no podría subir un pelín na’ más el asiento, ni pa’ ti ni pa’ mí. Pero él no solo no responde, es que no mueve ni un pelo de los que ya no tiene. No te deja elección: es momento de tomar medidas.

SEGUNDO ACTO: Primeras turbulencias

Comienzas con tímidas escaramuzas que persiguen la siguiente lógica: la incomodidad que le provoques ha de ser mayor que la comodidad que le supone el estar reclinado. Primero, por si no hiciera suficiente frío ya en el avión, pruebas a dirigirle tu chorro de aire acondicionado directamente a su brillante cocorota, que queda ahora justo debajo por efecto de la reclinación. Pero nada. Pruebas otra cosa: te pones los cascos, simulando que escuchas una canción —los Beatles, piensas, Come Together—, y con tus manos juegas a ser Ringo utilizando el respaldo invasor como batería. Pero nada.  Decides entonces pasar a la guerra química. Te descalzas e introduces tus viajados pies en los huecos facilitados por la reclinación del asiento, y logras situarlos estratégicamente a la altura del olfato de tu vecino delantero, formando con todo tu cuerpo una S en un ejercicio improbable de contorsionismo. Pero nada de nada de nada.

Miras por la ventana: ni siquiera la grata visión del mullido campo de nubes logra mitigar tu zozobra. El señor no parece ser humano, quizás sea verdad que no tiene rostro; desde luego, está claro que no tiene nariz. Te repliegas de nuevo. El dolor de tus piernas ha escalado de nivel, pero no es sólo eso, es un asunto de honor, e incluso algo más, es la eterna lucha entre barbarie y civilización, entre el individualismo salvaje y la mínima empatía que requiere la vida en sociedad. Por eso, claudicar no es una opción.

INTERMEDIO: Menú a bordo

Aparece la azafata imponiendo unilateralmente su tregua: que si quieres la ternera con curry rojo —uf, qué miedo— o los espaguetis boloñesa —venga, con la pasta es más difícil equivocarse—. Disfrutas del descanso del guerrero y aprovechas para reponer fuerzas. Comienzas engullendo con entusiasmo, pero dejas tu ración a medias cuando asumes por fin que aquello sabe a comida de avión. Entonces te das cuenta de que ni para zampar ha levantado el respaldo: el muy cerdo está comiendo recostado, como un emperador romano. Aprietas con rabia el vaso de plástico; la poca agua que quedaba moja tu mano derecha, acentuando así el efecto dramático.

TERCER ACTO: El accidente

Tu oído te revela que el angelito se ha quedado dormido nada más terminar de comer: es tu momento. Te levantas, coges los espaguetis que te han sobrado y, ante la indiferencia del resto del pasaje —todo el mundo va a su bola—, se los pones de peluca ayudándote del tenedor. A pesar de que el tomate comienza a chorrear lentamente sobre sus tupidos brazos, no hay reacción. Entonces, aprovechas tu posición vertical para abrir con destreza la trampilla superior: la mascarilla de oxígeno se descuelga delante de tu enemigo. Te sientas y das comienzo a la traca final.

Agarras con las dos manos el maldito respaldo, y comienzas a sacudirlo con el entusiasmo de un poseído. Ahora sí, una prueba de vida: el señor sin rostro se despierta. Por el lateral del respaldo, sin poner fin al terremoto, observas con deleite la escena: cómo le sorprende la presencia de la mascarilla de oxígeno, cómo trata torpemente de colocársela mientras respira agitadamente —¿y si paradójicamente se ahoga con la mascarilla?—, y cómo finalmente, tras descubrir lo que para él es sangre en su cuello y brazos, revela al fin su voz con un instintivo SOCORRO.

Sin inmutarse, y exhibiendo siempre la más profesional de las sonrisas, la azafata le quita la mascarilla, volviendo a introducirla en su compartimento, y le retira después la bandeja de la comida, antes de pasar por tu fila y hacer lo propio con la tuya. Inmediatamente después, las señales se encienden: cinturones abrochados, respaldos en posición original. Todo ha acabado.

EPÍLOGO: El aterrizaje

El avión toma tierra a trompicones, como un chiquillo aprendiendo a correr. Cuando por fin te llega el turno, te levantas, y al llegar al pasillo, coincides con él. Tiene los ojos pequeños y un simpático bigotillo. De su oreja izquierda cuelga todavía un viscoso espagueti. A pesar de todo, parece contento. Tú, extrañamente, también. Se respira cordialidad, el rencor se ha evaporado. Como si se hubiera tratado de un combate regido por las reglas del cielo, reglas que, lógicamente, ya no aplican en la tierra. Con tu mochila ya a la espalda, te diriges lentamente hacia la salida, mientras tus piernas van volviendo a la vida. 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Más cosas