«Carta al director sobre la precariedad y el papel higiénico»

Hice todo lo que tenía que hacer. Saqué la mejor nota en selectividad de la comarca de Las Merindades. Tengo dos carreras, tres másters y cuatro victorias consecutivas en el campeonato de lanzamiento de fregona. Hablo inglés e italiano. Domino el kung fu y gané un combate de boxeo tailandés a una pediatra noruega en el estadio de Thapae. Soñaba con ser diplomática o corresponsal de algún medio de comunicación importante. Sin embargo, tras ocho becas y dos años de prácticas, me dedico a escribir artículos sobre los productos que no te puedes perder de un famoso supermercado. También llevo varias cuentas en redes sociales, grabo y edito vídeos y recojo a la hija del jefe de la academia de salsa y bachata cada dos semanas. Y encima cobro menos que la Nati, que trabaja de cajera en dicho supermercado. Recuerdo que la Nati se pasaba las clases dibujando rabos en todas las páginas del cuaderno y en el recreo se encerraba a fumar en el baño.

Comparto piso en Madrid con tres personas, dos gatos, siete fantasmas de la Guerra Civil y Pablo. Pablo nunca cambia el rollo de papel higiénico cuando se le acaba. Eso es lo que más me acerca al abismo. Los días en que, tras una agotadora jornada de trabajo, me encuentro sentada en el váter, con el culo sucio y frío y solo un cilindro de cartón a mi alcance, la vida carece por completo de sentido.

Pago más de la mitad de mi sueldo por la habitación a un funcionario jubilado del Canal de Isabel II que siempre va en chándal y dice que le tiene mucho cariño al piso porque le recuerda a su infancia. Le dio mucha pena tener que cambiar la nevera.

Estoy harta de que digan que es mi culpa, que si no me gustara el guacamole y estuviera dispuesta a alimentarme de arroz y casquería podría tener un pisito en las afueras. No es verdad. Lo juro. En Nochevieja me tuvieron que sujetar mientras le gritaba a mi tío con un langostino en el puño que Torremolinos está más caro que Budapest. Es hora de admitir que el sistema nos ha fallado a los jóvenes. Vamos a vivir peor que nuestros padres.

Azucena C., Madrid, 42 años.

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