Dientes

Solo han pasado 15 segundos desde que empecé a lavarme los dientes y ya quiero parar. Pero no puedo hacerlo porque la tonta de mi compañera de trabajo está aquí al lado haciendo lo mismo que yo. Con el «petit detall» de que ella ha empezado antes, entonces si acabo más pronto que ella pensará que soy una guarra y se lo cascará a todo el mundo de la redacción. Y a mí me la suda, pero no me la suda… Porque por culpa de la bocachancla esta, tendré que aguantar como todo quisqui cuchichea a mis espaldas. «No habléis con la marrana esa, que le huele el pozo porque aguanta muy poco cepillándose los dientes». Y yo escucharé eso (y sin yo querer, porque soy muy pacífica) me veré obligada a contestar: «Pues si yo aguanto poco, menos aguanta tu padre cepillándose a tu madre, pedazo de inútil, que cada vez que cagas se te escapa un trozo de seso por el culo, que por eso no sabes ni cuchichear, que te he pillado con la boca esa de diarrea que tienes…». Y ya a lo lejos mientras dos agentes de seguridad (que me acabo de imaginar y queda muy bien para darle un toque de esquizofrenia al asunto) me arrastran por un pasillo largo, gritaría: ¡QUÉ TENDRÁS LOS PIÑOS MUY LIMPIOS, PERO EL ALMA MUY SUCIA AAAAAAAAAAAAAAAHRRRRR PRRRFFF AGGGH JAJAJAJAJAJA!

La que me puede caer de recursos humanos si le hablo así a un compañero. Claro, como no soy directora de nada, no me dejan chillar. Lo pone en el estatuto del buen trabajador en medios de comunicación. Justo debajo de «no llorarás delante de tus superiores, cuando te castiguen sin ver a tu familia en nochebuena por no entregar el guión de un vídeo a tiempo». Ay, pero si yo chillara como una loca todo lo que pienso… ¡Cómo dormiría esa noche! En la gloria bendita. No me haría falta ni la mirtazapina, ni el porrito, ni la infusión, ni la melatonina, ni los dos postillones de magnesio. Solo un sincericidio con palabrotas para dormir a pata suelta. Que no sé lo que significa «sueño reparador». Si ya de feto, no pegaba ojo el día de antes de una ecografía, no fuera a ser que mi madre se decepcionara por si salía fea en la foto.

Ya han pasado 40 segundos y no se inmuta. ¿Qué cojones? ¿De verdad me ha tocado al lado de la única persona que aguanta tres minutos lavándose los dientes? Es imposible que después de esto, yo respete a esta tía. ¿Es que no valora su tiempo? Que sí, que si viene el calvo de Don Limpio a pasarle el algodón por la muela del final, la tendrá impoluta, pero… de que sirve eso, si antes o después ¡la va a palmar! Se cree que en su lecho de muerte, le cogerá la mano un ser querido de guardia para que no la espiche sola, la mirará a los ojos y le dirá: «Ya puedes irte en paz, has vivido una vida plena y sin paluegos». Vaya P-A-R-D-I-L-L-A. Nadie, nunca, dirá eso a alguien que está punto de pitar final de partido. Echar tres minutos cada vez que te lavas los dientes me parece tirar el tiempo por el desagüe del grifo. Tres minutos mirándose la cara esa que tiene… En tres minutos puede pasar de todo, y todo más interesante que estar dándole que te pego al cepillo. ¡Joder, una se puede hasta morir!

Mira, me pilla la muerte lavándome los dientes… ¡Y me muero de la vergüenza! Si me pasa eso… Agarro a la Parca por la pechera y le digo: «o me matas rápido para que nadie se de cuenta de lo que estaba haciendo antes de morirme, ¡o agarro la guadaña esa fea que tienes pa’ segar romero y me mato aquí mismo delante de ti!». Matarse delante de la muerte, es como sacarle el dedo y decirle, jódete que me tengo yo más ganas a mí que tú, gilipollas. ¡Por fin el descanso eterno! Se acabaría la mirtazapina y el porrito para dormir a pata suelta.

Mi muerte me la suda. De hecho siempre he pensado que antes o después me quitaré del medio porque paso de tener que esperar a que el destino compre vocal y resuelva. No lo digo porque no me guste vivir, lo digo porque me gusta mucho vivir. Y cuando la vida no tenga sentido y todo lo que quiera ya no esté, pues quizás la que no quiera estar soy yo. ¿No? Igualmente creo que la lista de personas a las que quiero es tan larga que antes de ser yo la que rescinda el contrato de la existencia, me lo rescindirá la vida misma.

¡Hostia puta, ya llevo dos minutos! Creo que me acabo de hacer sangre en la encía. Esta tía se lava los dientes pensando «jiji, cojo el cepillo igual que lo cogía Clotilda, la sirvienta, cuando le tocaba día de limpieza de plata». Si hija, dar cera, pulir cera, dar cera… Seguro que le encanta lavarse los dientes porque le flipa mirarse al espejo. Zorra narcisista que parece que está cincelada por los dioses de la belleza hegemónica, si pudiera pegarte un puñetazo te hundiría la cara pa’dentro como un dibujito animado.

Yo no suelo mirarme mucho al espejo. Solo sé que desde que me salieron los dientes definitivos siempre he tenido algo que molesta en mi cara. Primero el acné, luego el bigote y ahora las primeras arrugas se mezclan con pelos de barba que pinchan. ¿Esto es envejecer? ¡Pero si tengo 35 años! ¿Cómo me voy a estar haciendo vieja? ¡Si todavía no he llegado al famoso «prime-glow-up-sus muertos»! Antes o después, todas las mujeres alcanzan su peak de belleza. Donde cara, cuerpo, mente, se unen para darte unos meses o incluso años de autoestima y seguridad suprema. Jajaja, no es mi caso. Yo ya estoy bajando la montaña, sin haber coronado ninguna cima.

Me gustaría saber que es ser guapa-guapa. No guapa como yo, que soy mona meh. Que soy, para que nos entendamos, de las que encontraba ligue en la discoteca a partir de las 2:00am. Ni muy pronto, pero tampoco de las últimas. Ya me entiendes. Mi almeja la compraba un pescadero que no madrugaba mucho para ir a la lonja. Por eso me gustaría saber que es tener esa belleza que te hace perder la cabeza cuando dejas de tenerla. Quiero saber que es ese tipo de guapura que te lleva a inyectarte lefa de salmón en los mofletes para que se queden en su sitio para siempre. Siendo «siempre» algo relativo porque lo eterno es imposible. Menos cuando te lavas los dientes durante tres minutos, que es la cadena perpetua del aburrimiento.

Todo muere. Todo, menos una botella en el monte. Así queremos ser. Plástico en el bosque para tardar más de 400 años en degradarnos por completo. No descomponerse por fuera, para descomponernos solo por dentro. Por eso las guapas-guapas se ven obligadas a inyectarse bótox. Para existir todo lo que se pueda. Para no morirse por fuera.

Me sale sangre de la encía que agarra el diente que se me cala cuando me pongo hasta el culo de chocolate. Primero fumar, luego reventar. ¿Mi madre sabrá que fumo marihuana? Creo que no. A ella le vendría bien fumarse un caliqueño de vez en cuando. Quizás si ella fumara más maría, yo no tendría que fumar tanta. Mira yo voy a escupir en 15 segundos. Me da igual que piense que soy una puta guarra por acabar antes que ella. Tengo los dientes asustados, se piensa que nos vamos a morir… ¿Sino de que le voy a estar dando este cepillado profundo? Es como mi padre cuando lava el coche y le da un extra de encerado a la carrocería cuando tiene algo importante, como una boda, un entierro o un viaje de más de 100km.

Ahora la tonta esta, verá que me sale sangre de la boca y se pensará que tengo tuberculosis. TuberCULOsis, jejejej. Con lo graciosa que es la palabra, y lo jodida que es la tuberculosis. Lo que le faltaba a la tonta esta, ojalá escupirle en la boca y decirle: «jaja, te la quedas». Se llevaría un susto de muerte. Que se joda, que me ha hecho perder 3 minutos lavándome los dientes.

Raquel Hervás
Raquel Hervás
Raquel Hervás: còmica de stand-up, pot contenir grans traces d’accent murcià. Porta un tatuatge amb una falta d’ortografia, però no és Paquirrín. La bogeria més gran que ha fet per amor ha estat anar a CrossFit.

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