Quiero ser la estación de hidratación de mi gimnasio.
La estación de hidratación de mi gimnasio es un cilindro de acero inoxidable. Es compacto y fornido. La patente de su mecanismo es previa a la muerte de Franco y forma colas terribles de gente deshidratada, pues se encuentra más presión en las duchas de una cárcel tailandesa. Si estuviese en un instituto, sería una fuente anticuada y la asociación de padres estaría presupuestando su renovación; pero en mi gimnasio es una estación de hidratación puntera y eficiente.
Quiero valorar todo lo que no tengo de la misma forma que esa fuente. Quiero que mi jefe me ponga los mismos galones cuando hable de mi rendimiento: quiero que cobre 4’95 al mes a cualquiera que quiera acercarse a hablar conmigo. Quiero que el dueño del gimnasio sea mi alcalde y que bautice más objetos en su nueva religión: que los ladrones pasen a ser estaciones de redistribución del patrimonio, los lagartos estaciones de fumigación ecológica y las goteras estaciones de regulación de la humedad. El vómito en la acera es ahora una estación grabadora de malas decisiones y los niños que gritan en los bares, estaciones de medición de la paciencia comunitaria.
Algún día renovarán la estación de hidratación, pero todavía es libre. Es ajena a su caducidad. Se codea con las máquinas de ejercicios nuevas como se codea tu compañero de trabajo a punto de jubilarse con los chavales de prácticas. Hablan en la salita del café con jergas tan distintas que suena como si dos idiomas se estuvieran conociendo.
Quiero ser esa torre de Babel de ecos metálicos. Reluciente. El pisapapeles más grande que jamás he conocido.


