Os escribo desde mi flamante chaise longue. Yo nací en la pobreza, nivel mis padres eran okupas ―pues sí, antes de que se pusiera de moda―, así que para mí un sofá con chaise longue y reposacabezas, que además se hace cama, es el colmo del lujo, el no va más. Os miro por encima del hombro desde mi flamante chaise longue. No tan flamante si le retiras las fundas y ves cómo el relleno salta por los aires, pero ese es otro capítulo de esta historia, que comienza en 2022 cuando me mudo con el corazón roto a la ciudad que me lo rompería aún más: cuál si no Barcelona.
Desde la contaminada y oligofrénica Madrid, Barcelona parecía el paraíso. Sí, era medio indepe, pero quién no querría serlo teniendo a esos fascistas enfrente. Sí, hablaban otros idiomas (sobre todo el inglés, como descubriría más adelante), pero nada que un cursito intensivo de Blanquerna no pudiera arreglar (el mejor catalán se aprende en Madrid, dejen que les diga). Así que me vine para acá en 2022, con mi maleta llena de sueños y bragas remendadas. Me colgué del brazo de un local, que se cameló a otro local para que me alquilasen un apartamentito minúsculo por la mitad de mi salario en un barrio humilde de empinadas cuestas. Por fin empezaba mi nueva vida.
Mi nueva vida incluía ―en eso se parecía a la anterior― muebles añejos ya descatalogados de su marca sueca de confianza, que se sostenían enteros de milagrín. Entre ellos, un sofá desvencijado que se vino abajo en cuanto me dejé caer un poco fuerte, quizá agotada por las exigencias del capitalismo ―quizá al sofá le pasaba igual―. Además, aquel mueble no se hacía cama, de modo que no podía invitar a mis amigos a la verdadera tierra de la libertad y el fuet. Así que al lado del sofá desvencijado añadí un segundo sofá sueco bastante ortopédico, pero que como cama era decente. Fantástico. Que pasen los invitados. Querido lector, han sido tres en tres años que llevo viviendo aquí. Comprenderás que para semejante viaje no hacían falta tantas y tan mullidas alforjas. Y mientras llegaban o no los invitados, el sofá primigenio, el desvencijado, cada vez se desvencijaba más: le saltaban los muelles, se le hundía el culo, y estorbaba un montón. Lo odiaba. Odiaba el clang en el suelo cada vez que un colega se sentaba. Odiaba los apaños que intenté hacerle con cinta aislante, con masilla arreglatodo, odiaba que no hubiese a la venta piezas de repuesto, que no pudiera ni regalarlo sin mala conciencia. De modo que un viernes, el día de les deixalles, trastornada por no poder arreglar mi vida, seguramente en fase lútea, decidí que se lo llevaría el camión de los muebles. Lector, nunca he sido una persona hábil ni especialmente atlética, pero desmonté aquel armatoste impulsada por la energía febril del justiciero que cobra su venganza. Puto sofá de los cojones. A la basura.
Y entonces me dio por leer el contrato y resulta que, ejem, no puedo sacar muebles sin el plácet del casero. De modo que estoy a una subida del alquiler de recorrerme otra vez la lista de anuncios en busca de un mierdón de sofá para dar el cambiazo. Pero la historia no acaba aquí, no.
Centrémonos. Me he deshecho del sofá antediluviano, ahora me queda el sofá cama que como cama bueh, pero que como sofá no llega a meh. Wallapop que te crió. Entre que le enseño a posar para sacarle unas fotos decentes, me recorro los anuncios de sofás cama chaise longue a la venta (muy importante lo de la cama, para atender esas hordas de invitados). Quiero un sofá de todo lujo. Fuera los suecos. Quiero un reposacabezas, quiero chaise longue con almacenamiento, quiero fundas lavables, quiero una nube hecha mueble para reposar el culo, y que no pase de 200 euros, ejem, que soy pobre. Comprenderás, lector, que lo que buscaba era un milagro. De existir, aquello solo podía ser un regalo del cielo, una estafa o un nido de chinches. Así que le di salida a mi sofá cama y me quedé mirando el hueco vacío del salón comedor cocina. Ahora hasta parecía amplio.
Y de repente, apareció. Reposacabezas, almacenamiento, convertible en cama de 1,20, color beis… ¡maravilloso! Parecía caro, parecía lujoso, parecía que jamás me lo podría permitir… Excepto porque se lo había comido un perro. Sí, bueno. Qué esperabais. Cubierto por las fundas apenas se veía, pero los vendedores eran honestos y habían detallado los desperfectos causados por la mascota, que más parecerían hechos por un aduanero del aeropuerto en busca de drogas. «Normalmente teletrabajo, pero aquel día me hicieron ir a la oficina, y se ve que al perro no le pareció bien…». Bueno, a mí me había hecho un favor, yo le di las gracias efusivamente mientras me subía al furgón de los señores que me lo traerían hasta casa. Fue un viaje curioso, ellos charlando en un idioma para el que no hay Consorci, yo de repente cayendo en la cuenta de que no me había interesado mucho por las medidas del sofá. Pero malo sería. Malo sería, ¿no?
Al transportista jefe se le escapaba la risa mientras me dejaba los módulos desmontados del sofá allá donde veía hueco. Resulta que mi salón comedor cocina no estaba preparado para un sofá de tres metros. Cabía el sofá, pero todos los demás estábamos nominados a abandonar la casa. Y como broche de oro, mientras le hacía el bizum al transportista jefe, el transportista 2 me pidió pasar al baño, y, por decirlo finamente, echó la cagada de su vida. Cuando por fin se marcharon me dediqué a hacer el tetris con los muebles de tercera mano y el sofá masticado. Óyeme, lector, el sofá masticado es comodísimo y sigo sintiéndome millonaria cuando me tumbo en la chaise longue. Pero sinceramente, está sobredimensionado. Ahora tengo en mi salón comedor cocina un flamante y carísimo sofá gigante que no pega nada con la humildad ambiente… hasta que ves las dentelladas del perro, y entonces todo encaja.


