Cómo fundé el Club de Fans de Colombo

He sido fiel seguidor del teniente Colombo toda mi vida. Sé que es una serie de televisión, no he perdido el contacto con la realidad hasta tal punto, pero siento una fascinación por su protagonista que no puedo describir con palabras. A menudo me siento culpable porque, para mí, Peter Falk no era ni un actor ni una persona, era un mero vehículo para la encarnación de cuantos valores considero que hacen la vida digna. Perspicacia, perseverancia, inteligencia, olfato, humor fino… todo esto se hace carne en el teniente. No podría decir cuántas veces he visto las diez temporadas y los especiales. Cuando Falk falleció, no lo sentí, porque Colombo no puede morir nunca.

Por eso fui con enorme ilusión a apuntarme al Círculo Colombófilo de mi ciudad. Al fin, podría compartir mi pasión con otras personas que sí me entenderían, no como mi madre y mis amigos, tolerantes con esta afición cercana a la obsesión, pero incapaces de comprender la profundidad de mis sentimientos. El día de la primera reunión me pareció la ocasión ideal para un cosplay: allá me presenté con mi gabardina (era julio), mi puro (yo que no fumo), mi ojo entrecerrado (se me entumecieron los párpados de practicar los días anteriores) , mi postura semi encorvada (mi hermano, que es fisio, me advirtió de los riesgos) y mi media sonrisa. Poco podía yo imaginar que en el Círculo Colombófilo, un espacio que como su nombre indica ha de estar reservado a los devotos del teniente, no se hablaba de otra cosa que no fueran palomas.

Las palomas, hay consenso en esto, son animales muy nobles pero también asquerosos. Como los loros. Las razones que llevaban a aquel grupo de hombres de edad madura a centrar el tema de las reuniones a las que acudí en los pormenores de la cría y suelta de palomas siguen siendo un misterio para mí a día de hoy. Sentí que no me adaptaba, e intenté poner de mi parte, porque sé que es lo que Colombo hubiera hecho. Compré algunas aves y las vestí con elegantes gabardinas que confeccioné yo mismo. No quieran saber cómo de difícil es coser una gabardina en miniatura en la vieja máquina Singer que estaba arrinconada en casa de mi abuela. Incluso logré, no sin poco esfuerzo, aficionar a dos palomas al consumo de tabaco habano, lo cual las volvió irascibles pero les daba el encantador toque propio del teniente. Cuando las presenté en la siguiente reunión, fui recibido con cajas destempladas y amenazas de denuncias ante diferentes estamentos policiales. Presa de la mayor decepción, abandoné para siempre aquel club indigno de su nombre y volví a casa, perseguido, y ocasionalmente picoteado, por las palomas, que exigían más tabaco.

He decidido quitarme esta espinita de encima fundando mi propio Club de Fans del teniente Colombo. De momento se han afiliado seis palomas y tres loros, pero creo que estamos en el buen camino para encontrar seres humanos que compartan mi pasión y con los que pueda pasar largas tardes resolviendo misterios y diciendo aquello de “oh, sólo una cosa más…”.

Ana Belén González
Periodista, y por tanto desempleada, fotógrafa, admiradora de Marcel Proust en cuanto tenga ocasión de leer algo suyo y, en general, jubilada atrapada en el cuerpo de un joven bomboncito.

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