Nadie se caga en Alsa

Regionales, cercanías, media distancia, alvia, ave… Es indiferente el tren que uno escoja a la hora de viajar sobre raíles que ya es habitual escuchar la expresión “puta Renfe”. Estas palabras se están convirtiendo en la muletilla por excelencia para referirse a la compañía ferroviaria. Yo mismo las he utilizado para referirme a la puntualidad, los precios de los billetes o incluso a los auriculares de dudosa calidad que te lanzan a la cara como si de una cabalgata de mediocridad se tratara. Ríos de tinta y mares de caracteres se han escrito sobre Renfe, por lo que poco podré aportar yo al debate popular.

Ahora bien, aquellos que tanto se quejan de los trenes claramente no han hecho nunca un trayecto  Barcelona – Santiago de Compostela en autobús. Si quieres saber lo que se siente al correr una maratón, pero te dan pereza los meses de entrenamiento y los sacrificios que conlleva, la solución es que hagas este trayecto y verás lo que es no sentir tus piernas. Un viaje en autocar de más de cuatro horas tiene más cosas en común con una carrera de fondo de lo que uno podría pensar: el desgaste mental, la deshidratación, los mensajes de ánimo en los últimos kilómetros, la incertidumbre de no saber si llegarás a tu destino… El caso es que por una serie de motivos que no hace falta desarrollar, pero que se resumen en un tema de economía y horarios sumados a un toque de masoquismo, soy una persona que realiza habitualmente trayectos largos en autobús.

“¡Todo va sobre ruedas!” es la frase con la que empiezan los mensajes que recibo en mi Whatsapp con el recordatorio de mi próximo viaje. Cada vez que lo leo no puedo evitar esbozar una sonrisa bobalicona a la pantalla de mi móvil. Cualquiera que me viera en ese momento pensaría que he recibido un mensaje de mi novia, pero nada más lejos de la verdad, sobretodo porque el chat con mi novia es una zona de confort, todo lo contrario a lo que me espera durante las próximas 7 horas. Dicha sonrisa solo puede explicarse por una suerte de Síndrome de Estocolmo que siento al leer esta notificación. Pocas cosas me quedan por vivir para considerarme un veterano condecorado de la carretera. He desafiado a la meteorología con viajes en verano sin aire acondicionado y en invierno con. He desafiado a mis sentidos combatiendo el tufo de vomito mezclado con olor a pies. Cuando vas en autobús, cada llanto de niño está justificado.

Una vez, escuché a dos conductores conversar antes del cambio de turno. Uno le comentaba a su compañero cómo hacía poco había dejado a un pasajero en una estación de servicio porque tardaba mucho. Desconocía esta faceta de cagaprisas de los chóferes de autobús, pero algo dentro de mí me decía que la intención aquel pasajero anónimo era huir de aquella tortura.
En otra ocasión una pasajera hizo detener el vehículo porque estaba sufriendo un infarto. El conductor le pidió por favor que si iba a irse en ambulancia que se diese prisa mientras se encendía un cigarro. Poco después se acercaron dos buenos samaritanos que le ofrecieron una botella de agua. Agua que le quitaron unos minutos después cuando se les secó la boca del porro que se habían encendido con el mechero que les prestó el conductor. Dado que nadie se identificó como sanitario, me acerqué a hablar con la pobre señora. Mi diagnóstico: un ataque de ansiedad. Aún así aquella pasajera decidió regresar a casa en ambulancia. Aquella anécdota es a día de hoy la forma más espectacular que yo he visto de fugarse de un Alsa.

El caso es que hasta el día de hoy, no ha habido ninguna mala situación académica ni ningún mal momento sentimental que me haya reportado tantas palmadas en la espalda o mensajes de ánimo por parte de mis amigos que el relato de mis viajes en autobús. Si bien es cierto que estas muestras de afecto no acaban de ser sinceras dado que en el fondo yo sé que piensan: “bueno, eso te pasa por no ir en tren”.  Así que nada, acabo este texto con la siguiente confclusión: “Puta renfe por obligarme a ir en puto alsa”.

Ramiro Ibarzo
Ramiro Ibarzo
Hola soy Ramiro y nací en Logroño en el 98. Pero no en la generación del 98 chula.. Yo soy de la generación del 98 que se corta el pelo cuando está triste y comparte piso con sus padres. Casi graduado en Ciencias Biomédicas y estudiante de Medicina. Cuando tengo tiempo libre me gusta ir a los opens de Barcelona y hacer un poco de stand up.

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