Loli Oliveras García nació en una localidad del cinturón industrial de Barcelona hace “unas décadas” (ríe coquetamente mientras se atusa el cabello). Nacida en una familia que prosperó en los sesenta, la quinta de nueve hermanos, dos gatos y un agaporni, desde bien pequeña supo lo que quería.
¿Qué quería la Loli de seis o siete años?
Bueno, eso es fácil. Lo que quería era poder entrar al wáter cuando me estaba cagando. Nada te enseña más que pasarte los primeros años de tu vida aporreando la puerta del lavabo, donde siempre hay un hermano tuyo haciéndose una paja.
Parece la ley de la selva.
No sólo lo parece, lo era. Al final, mis padres tuvieron que quitar el pestillo del baño, porque mis tres hermanos mayores hacían competis de a ver quién se hacía más pajas en un día, y todas en el baño. El otro lavabo lo tenían mis padres en su habitación y, si intentabas ir ahí, te metía mi madre una hostia que trabajo tenías para buscar los dientes.
Hahaha, vaya, eran otros tiempos..
No tanto. Hasta el día que murió mi madre soltaba unas galletas que ni Urtain.
¿Fue esa infancia competida la que hizo que tuviera tanta determinación?
Supongo que sí. Me propuse, por ejemplo, que no se acabara la nocilla siempre antes de que yo me sentara a desayunar. Los hermanos mayores nos engañaban diciendo que teníamos un regalo escondido por la casa, y mientras buscábamos se comían el bote a cucharadas. Cuando en la tele salía el anuncio “¡Nocilla, que merendilla!”, ellos se partían de risa y yo me decía: “Algún día me vengaré”.
¿Sus padres no intervenían?
A su manera sí. Mi madre decía: “al próximo que me levante dolor de cabeza lo escalabro”. Ya le he dicho que pegaba hostias como panes.
¿Cómo empezó su venganza?
En el momento de escoger si me decantaba por ciencias o letras, en el colegio.
¿Qué pasó ahí?
Mi padre, arquitecto de pro, con una exitosa empresa de contratas, nos orientaba a todos sus hijos a estudiar ciencias. Mis hermanos mayores lo hicieron, y pese a ser malísimos estudiantes, entraron a la empresa en puestos creados para ellos, y miel sobre hojuelas.
¿Y usted?
Yo, al contrario. Mi padre me convocó a su despacho (él nos veía en reuniones en su despacho únicamente) y me dijo, sirviéndose un whisky a las 12 de la mañana, “Supongo que ya has escogido ciencias, como tus hermanos”. Y ahí le asesté el golpe. “He escogido letras puras. Estudiaré filosofía”.
Debió ser un impacto.
Vaya que sí. Dicen que el infarto le sobrevino por oír la palabra filosofía. Yo creo que no, que fueron los puros, los whiskies, la barriga de ocho meses y el puticlub. Pero, ¿quién sabe?
¿Consumó usted sus amenazas?
Sí, sí. Ya le dije que deseaba vengarme. Combiné los estudios de filosofía con clases de lenguas muertas. Al acabar filosofía, me apunté a historia. A mi madre la llevaron a urgencias con una crisis de ansiedad.
¿Cómo acabó la historia?
Acabó en éxito, sin duda. No quiero pecar de falta de modestia, pero soy una mujer que me he hecho a mí misma. Un caso de success. Todos mis hermanos se forraron, viven en barrios pijos y tienen casita en la costa y la montaña. Audis y cruceros; hablar como sobrevolando las consonantes, en fin, todo eso.
¿Y usted?
Ya le he dicho que estudié filosofía, algo de latín y griego y varios cursos de historia. Obviamente, me propuse demostrar a mi padre que había otra manera de triunfar, y lo conseguí. Hoy puedo decir con orgullo que soy la única pobre de mi familia. Pero no así como forma de hablar: cero patrimonio, unas cuantas deudas revolving, números rojos.
Impresionante. ¿Se arrepiente la Loli adulta de algo?
Bueno, lamento que mi padre no viviera para ver en qué me convertí. Desde aquí le digo: “¿Quién es el perdedor ahora, eh?”


