En 1997, un niño comenzó a frecuentar a mi grupo de amigos. No era compañero nuestro de la escuela, ni vivía cerca de nuestro barrio. No sé bien de dónde había salido, ni supe jamás su nombre real. Todos le decían «Julito».
Julito tenía dos fascinaciones en la vida: Sonic, The Hedgehog, y el Hentai. Básicamente fue el primer gran onanista que conocimos, nosotros, que éramos totalmente ignorantes en esa materia. Tenía ciertas dotes para el dibujo, así que se la pasaba dibujando desnudos a los personajes de nuestros Animes preferidos.
Un día, estando en su pieza (donde había una enorme cabeza de Sonic de yeso, que él mismo había hecho, cual tótem), Daniel le hizo una pregunta, casi en tono jocoso, sin saber que ese interrogante guardaba en sí todo un halo de misterio y dolor. Le dijo: «¿Nunca dibujaste a Sonic desnudo?» (tengamos en cuenta que Sonic es un erizo que está desnudo, como muchos personajes de videojuegos y dibujos animados, pero la pregunta apuntaba a si lo había dibujado exhibiendo sus partes íntimas). Él se quedó helado, como si hubiese esperado que le preguntaran eso toda su vida, y rápidamente se dirigió a una cajonera, abrió uno de los cajones y sacó una gran pila de dibujos, mientras nos comentaba: «Siempre intento dibujarlo, pero nunca me sale… Bah, me sale, pero no me gusta cómo queda, es poco realista, queda muy ridículo». Esto decía mientras iba pasando hojas y hojas de dibujos totalmente coloreados a lápiz de Sonic con su aparato reproductor azulado a la vista. Y sí, eran bastante deformes esos dibujos. Mientras iba avanzando aclaró: «Lo intenté de mil formas, pero no queda bien, incluso probé hacer de cuenta de que su piel azul es un disfraz y que tiene una bragueta en su entrepierna, de la cual asoma un pene humano color piel, pero tampoco queda bien». Y sí, vimos los dibujos de Sonic, en plena Green Hill Zone, con una bragueta abierta, y eran aún más absurdos que las primeras imágenes. El pobre estaba devastado, como si su vida girara en torno a lograr ese dibujo perfecto que no podía alcanzar.
Con el tiempo dejé de verlo. Lo imaginé mil veces, volviéndose loco, ante la ineficacia de todo su talento en la única labor a la que dedicaba su vida. Lo imaginé suicidándose en su cuarto, ante la mirada del Sonic de yeso, rodeado de toda su obra imperfecta. Imaginé esa vasta obra expuesta en el MALBA. Imaginé los tres pisos del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires decorados con penes de erizo azul. Imaginé excursiones de alumnos de bellas artes frente a esos cuadros. Imaginé ancianas aristócratas contemplando aquellos penes como quien contempla los penes de la Capilla Sextina o la flacidez del David de Miguel Ángel. Imaginé críticos de arte comparando su obra con la de Yves Klein y su fanatismo por el azul.
Todo esto imaginaba hasta que un día, casi una década después de la última vez que lo vi, lo crucé en una fiesta. Se me acercó, me saludó e instantáneamente me mostró una foto de un culo que había en su celular, vanagloriándose de que ahora tenía novia. No me animé a preguntarle sobre sus dibujos. Temía deprimirme al ver que había abandonado todo el trabajo de su vida en pos de una mujer o, mejor dicho, de un culo.
Anhelo que, en algún momento, aquel joven entusiasta pueda cumplir su cometido y, finalmente, viva en paz. Espero poder ver algún día, expuesto en el Louvre, el pene perfecto de la mascota de Sega.


