Muy mal, se lo avanzo. Ya solo entrar me dijeron que eso no era un oculista, que era un dentista. Tuve que adoptar una actitud violenta e intimidatoria para que me dieran cita, y se negaron. Se atrevieron a llamar a las autoridades para que me echaran; incluso los otros pacientes trataban de convencerme de que aquel establecimiento era una clínica dental mientras yo forcejeaba con los agentes, pero a mí no me la cuelan. ¿Si no es el mejor oculista de la ciudad para qué ponen como reclamo en el escaparate fotos gigantes de gente sonriendo contenta porque ya ven perfectamente?
Tuve que volver a la semana siguiente y pasar otra vez por la misma experiencia desagradable; y a la siguiente. Y a la otra. Y así durante dos años, hasta que al final se dignaron a darme la razón. Comprendí que se trataba posiblemente de un filtro; los establecimientos más exquisitos siempre tienen procesos de selección muy estrictos para asegurarse de que sus clientes son igualmente distinguidos, pero una vez entras, todo son facilidades. Me dieron cita para ese mismo día. De hecho, no tuve ni que esperarme. Me hicieron pasar al momento, casi como si tuvieran prisa por acabar con mi visita. Me preocupó. ¿Tal vez ya anticipaban que necesitaba ponerme gafas cuanto antes?
La oftalmóloga se protegía la cara con una mascarilla, y eso me hizo sospechar. Si lo que quería era ocultar su identidad, perfecto, cada cual que haga lo que quiera con su vida, ¿pero entonces para qué llevaba el nombre en una chapa en la solapa de su bata médica? A no ser que no fuera su bata médica; a no ser que fuera una impostora. Eso pensé mientras me hacía sentar en la silla de oculista más rara que había visto jamás… pero claro, yo no veía bien, para eso estaba allí. Vete tú a saber. Opté por esperar a ver cómo se desarrollaba la visita antes de denunciarla a las autoridades por suplantación de identidad. Ya me fijé que no era de aquí, aunque hablaba perfectamente el idioma. Tendría que estar alerta porque ya se sabe que, cuando menos lo esperas, esta gente te quita el trabajo. Y mi trabajo como sexador de cagarros de mar es desagradable y se paga mal —y en mi empresa cada día me dicen que me vaya porque a mí no me han contratado, ni ellos se dedican a eso (aunque yo soy un profesional y siempre supero esas pruebas para ver si me la cuelan; ya les digo que no me la cuelan. Yo sé lo que hago)—, pero seguro que esa oculista con mascarilla, u ocultista más bien, fuera quien fuera en realidad, a la mínima me robaba el trabajo. Igual salía yo de la consulta y ya no tenía empleo, porque se lo había quedado ella, la muy maldita. Pero, como les digo, decidí esperar a ver cómo se desarrollaba todo.
Fue muy mal. Para empezar, la silla se reclinó hacia atrás y ya no pude ver más las paredes. Supuse que la placa con las letras que debía identificar estaría en el techo, pero era muy difícil localizarla. Habían instalado un foco en el techo que me deslumbraba cada vez que intentaba ver si había algo detrás. Además, la mujer estaba obcecada en que yo tenía que tener la boca abierta todo el rato mientras ella se inclinaba encima mío para mirar dentro. Y cada vez que yo intentaba decir qué letras veía, ella me mandaba callar. No sé si es que era sorda y leía los movimientos de mi lengua para saber lo que yo decía. Ni que decir tiene que yo me estaba inventando todas las letras, porque no veía nada… Me pareció una situación muy violenta. Pero es que luego se puso aún peor. Yo todo lo que había vivido hasta entonces es que, a lo sumo, te dan un instrumento semejante a un antifaz de plástico con un mango que tienes que sujetar frente a tu rostro; el instrumento tiene una pequeña pieza deslizante que tapa alternativamente uno de los dos orificios oculares y, mediante este ingenio, es posible determinar el porcentaje de pérdida de visión de un ojo sin que el otro desvirtúe la medición. Pues bien, en este establecimiento no lo hacían así. Aquí me pusieron una inyección en la encía y, desde ese momento, hablar fue extremadamente difícil para mí, porque mi cara entera se durmió. Me sentí completamente desconcertado y, por supuesto, intranquilo. Por mucho que me esforzaba en hablar, mi lengua era como de trapo. Si trataba de decir «La Ese», de mi boca salía «Va Eve», que se parece mucho más a la F o la R. Ya ven ustedes lo problemático que es.
Sin duda, todo jugaba a favor de que mis resultados fueran nefastos; me pondrían unas gafas con cristales tan gruesos que se saldrían por lo menos un metro por delante de la montura, y tendría que apoyarlos en un soporte con ruedas, como los que sostienen las bolsas de suero en pacientes de hospital intubados. Sería como si llevara dos telescopios en la cara. No podría girar la cabeza sin miedo a golpear a alguien. Ni podría ir a la piscina; el peso de los cristales haría que me hundiera y me ahogara. Ni siquiera podría ir a mojarme los pies a la playa porque, de llevar unas gafas tan pesadas, seguramente mi nariz se deformaría y acabaría elongándose como una especie de trompa que me rozaría el suelo, convirtiendo cualquier pequeño charco en un riesgo para mí. No. No, no lo iba a aceptar. Terminó la visita y la oftalmóloga no se dignó ni a decirme el número de dioptrías que tenía. Así de grave debía ser la situación. Aunque, igual lo que quería era evitarme un disgusto. Eso sí que se lo agradecí, aunque probablemente no me entendió cuando se lo dije con mi lengua de trapo. En recepción tampoco me dieron ningún informe; ni adiós, me dijeron. Solo que no volviera más. Y no pensaba hacerlo, desde luego. Pensé que era mejor vivir viendo mal, que llevando en la cara dos cilindros de cristal del tamaño de dos botes de Pringles. Eso sí: tras la visita dejó de dolerme el diente podrido. Como clínica de oftalmología, un horror. Aquella doctora se ganaría mucho mejor la vida como dentista, pero a estos, otros que déjalos correr. Si les cuento cómo son mis visitas al dentista, no dan crédito. Locos. Está todo el mundo loco.


