Desde el agujero de la camilla veo los pies del fisioterapeuta: chancletas con calcetines, esto no es precisamente un glory hole. Me levanto de la camilla dispuesto a seguir el consejo del fisioterapeuta. Es un tipo que de esto sabe, y total, es algo que ya había pensado anteriormente. Dolorido y erguido, intento agacharme para poder atarme los cordones de las zapatillas. El fisioterapeuta me mira y me dice que si quiero me los puede atar él, eso sí, me cobrará diez céntimos más como hacen con las bolsas de plástico del super.
Llevo con problemas de espalda desde que tengo uso de razón. Aprendí a andar tarde y mal. No conseguía pisar bien, caminar recto, mantener la mirada hacia el frente para afrontar los problemas (saludos a mi psicóloga). Y también me caía, me caía mucho, pero eso es más bien torpeza que otra cosa. Mis problemas de espalda se acrecentaron desde las incómodas sillas verdes de la escuela, hasta las incómodas sillas verdes de la oficina. Las primeras estaban hechas de madera, las segundas, de esclavitud.
En mi tiempo libre dejé de hacer deporte porque, básicamente, me cansaba. Me pasaba el día en el sofá, sentado en una mala postura. Me acabaron poniendo plantillas para mis pequeñas caminatas diarias al Lidl donde me compraba todo lo que hubiera en oferta, aunque no lo quisiera. Por cierto, vendo una yogurtera en Wallapop.
Pero mi dolor no ha mejorado, así que he tenido que tomar la decisión que jamás había pensado tomar: apuntarme a Pilates.
Salgo de la clínica de fisioterapia y cojo mi teléfono móvil. Me pongo a buscar centros donde den clases. Es septiembre tardío por lo que ya han empezado todos los cursos. No me puedo apuntar. Además, son carísimos y ahora mismo estoy en el paro. Pues ya estaría, no pudo ser. No, otra vez buscando excusas, un momento, el polideportivo municipal, pienso. Vuelvo a coger el móvil y veo que hay clases independientes a las que poder acceder pagando solo esa única clase y sin atarme a una hipoteca de “hoy tendría que ir a Pilates, pero ¿quién se va a quedar mirando esa grieta en la pared de casa si no estoy?”. Selecciono la clase, pago 3 euros y me comprometo a probar qué es esto del Pilates.
Llegado el día, me asaltan algunas dudas: ¿debo llevar algo? ¿una esterilla? ¿mallas? No, por favor, no te pongas mallas, me dice mi pareja antes de que me prepare para salir. Al ser un polideportivo municipal, no creo que haya que ir muy elegante, por lo que cojo mi pantalón de deporte, una camiseta desgastada de propaganda del Banesto y las zapatillas de correr. Bueno, es que tras la pandemia creí que empezaría a correr y que saldríamos mejores.
Llego al polideportivo y pregunto dónde se imparte la clase de Pilatos. El recepcionista me dice que él no sabe nada, que se limpia las manos. ¿Y la de Pilates? Sí, al fondo a la derecha.
Entro y observo como todo el mundo coge una esterilla y se descalza. Claro, lógico, no sé qué hacía yo desempolvando las viejas zapatillas si esto del Pilates se hace descalzo. Cojo una esterilla y me dirijo al fondo de la clase. No quiero llamar la atención el primer día, mejor me quedo atrás y observo a los demás tranquilamente.
Hace un calor horrible dentro de la sala, todavía ni me he descalzado y ya estoy sudando. Entra el profesor, un tipo con coleta y barba que juraría haber visto antes en algún antro a altas horas de la madrugada, precisamente haciendo lo que nos dice ahora de inspirar. Ha puesto en marcha su portátil, conectando a los altavoces una música relajante. Nos mantenemos de pie moviendo los hombros de afuera hacia adentro, respirando suavemente. Esto está chupado.
Estoy agotado. ¿Cuánto ha pasado? Miro el reloj y apenas 10 minutos. El primer ejercicio fue fácil, pero ahora, ya en el suelo, el mundo se me cae encima. Levanta la pierna por aquí, no dejemos de apoyar la lumbar en el suelo, ahora abrimos las piernas, ahora encogemos, nos agarramos rodillas, elevamos el abdomen… todo mientras inspiramos y espiramos. A poco expiro yo.
Miro a mi alrededor, personas de edad más avanzada que la mía, pero el triple de flexibles. El profesor me mira con lástima. Un poco más, me pide al ver que no consigo elevar la pierna lo suficiente. De la tensión me tiembla todo el cuerpo. El gemelo izquierdo me hace un amago de subírseme. No puedo más.
Estiramos y el profesor da por finalizada la clase. Todo el mundo aplaude. Yo me tomo esos aplausos para mí, como recompensa del esfuerzo realizado y pensando en qué voy a cenar hoy.
Tengo agujetas. Quizá es solo porque es el primer día y en unas semanas seré flexible y no me dolerá nada, pero para eso debería seguir yendo a clases de Pilates y no sé si lo haré. Debería. Pero…


