Orbe Hodie. Informe del enviado especial de su merced al siglo veintiuno: nada que destacar

Me place redactar este informe tal como me lo encomendó vuesa merced, en el año del señor mil cuatrocientos noventa y seis, a doce de julio.

Vuestro humilde siervo se desplazó al año del señor dos mil veintiséis, con el fin de observar las costumbres y avances que allí hallare, y que pudieran ser de aplicación en nuestro mundo. Para los lectores que se preguntaren cómo logré viajar al futuro desde el siglo quince de nuestro señor, fue porque un emisario de tal futuro llegó a morar entre nosotros años atrás, y ofreció a su humilde servidor hacer el mismo trayecto, pero a la inversa. Me dijo: toma el bonobús, le quedan dos viajes. No te vayas hacia atrás, que no hay Instagram y no vale la pena. No entendí nada, pero subí a su navío.

Arribé a un lugar llamado Nueva Yol, por recomendación de los sonidos que el viajero escuchaba en un extraño objeto, y que decían algo similar a que, si deseaba tener solaz, debía acudir a esa ciudad. (O eso pude colegir, porque no fue tarea sencilla descifrar su galimatías).

No quiero aburrir a vuesa merced con excesivo detalle, así que he destacado unos bullets points, como dicen en el futuro:

Los humanos del siglo veintiuno huelen a gloria. Se untan con aroma de flores en todo momento, y la visión de sus dentaduras me dejó sin habla. Jamás en la vida mía había contemplado tal blancura, y sin huecos por parte alguna. Fui informado de que muchas personas portan venéreas en los dientes, y por eso están tan perfectos y deslumbrantes. Desconocía el efecto de la sífilis en los dientes, pero me permito recomendársela a vuesa merced.

El bochorno del estado Nueva Yol me pareció conocido. No en vano, los humildes siervos de vuesa merced trabajamos la tierra al sol en todas las estaciones, gracias a Dios. Pero ahí, hallábanse unos habitáculos donde el calor dejaba de sentirse, y por arte de magia se entraba en la estación del invierno. Logré averiguar que dichos habitáculos estaban destinados exclusivamente a los señores (sobrecarga de la red eléctrica, decían; el sentido de esas palabras se me escapa), lo que dejó mi espíritu más aliviado al comprobar que esencialmente el orden de Dios se mantiene.

En cuanto al trabajo de los siervos, aunque me fue imposible comprender lo que hacían, pues no había alrededor ni tierras que labrar ni animales que cuidar, entendí que laburaban de sol a sol por un lugar donde cobijarse y algo que echarse al coleto. Los señores del habitáculo invernal tenían todo el poder, gracias a Dios, como vuesa merced.

¿Y existe el temor de Dios en el siglo veintiuno?, se preguntará vuesa merced con su agudo discernimiento. El diablo y sus tentaciones están muy presentes. Hay tantas aberraciones que sería muy extenso comentallas. (Hice algún trabajo de campo para informarme de manera práctica). No obstante, igual que en nuestros benditos tiempos, son reprimidas con severidad entre los vasallos, como debe ser. Los señores, según colijo, se entregan a sus placeres entre efebos y vírgenes como ha sido siempre, y ninguna ley humana o divina cae sobre ellos.

Para concluir este humilde informe y no aburrir más a vuesa merced: en el siglo veintiuno, nada que destacar. 

Laura R.
Laura R.
Profe, redactora y traductora freelance (o sea, pobre)

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