Miss Moira

En los noventa trabajé como pitonisa. Fue cuando surgieron todos aquellos adivinos del 902. No había purpurina ni sedas, trabajábamos en un octavo, de noche, en una sala abierta de paredes grises. Había de todo: personas que creían tener poderes o gente que, como yo, tampoco encontraba otra cosa.   

Todos nos hacíamos llamar Miss Moira y de una a cinco aquel espacio halógeno se convertía en un sótano con cortinas de perlas.   

—Buenas noches, querida alma. Habla Miss Moira. Dígame, ¿cómo le puedo ayudar?   

Teníamos guion, pero nadie lo seguía. Miss Moira podía tener voz grave, reírse a carcajadas, ser más pícara o más cauta. Daba igual, nuestra única instrucción era mantener a la gente al otro lado de la línea el mayor tiempo posible.  

A mi novio le hacía mucha gracia todo esto de Miss Moira, pero era el único trabajo que encontré cuando le destinaron allí. Es lo que pasa siempre, uno tira de otro y acabas, sin proponértelo, viviendo en un pueblo dormitorio de alguna ciudad que no pisas. O al menos eso es lo que me pasó a mí. «Adiós, Miss Moira», me decía entre risas al marcharse.   

Era temporal, o eso decíamos, «hasta que encuentre otra cosa».   

—Miss Moira, tengo la semana que viene el examen de las oposiciones. ¿Aprobaré?  

—¿Qué signo eres, corazón?  

—Sagitario.   

—Bien, es un buen momento para los sagitarios porque Júpiter está en su tercera casa. Sin embargo, las cartas muestran al caminante. Vas a necesitar esforzarte, prepárate, no te despistes, al final conseguirás lo que te propongas.  

Al principio, cuando llegaba a casa me esperaba a desayunar con él, antes de irme a la cama. Nos reíamos de todo: del hombre que llamaba todos los miércoles para preguntar si iba a ganar el Atleti, de los pendientes de plumas del que se sentaba a mi lado o de la mujer que me cantaba canciones y me pedía que le dijera si iban a ser un éxito.  

—Buenas noches, Miss Moira.   

—Buenas noches, corazón. Dime, ¿en qué te puedo ayudar?  

—¿He hecho bien en invertir en Cecosol?  

Con el resto de compañeros casi no hablaba. Las Miss Moira iban y venían, excepto tres o cuatro que llevábamos allí ya un par de años  —y con ellos tampoco mantenía relación—. En la pausa para el café nos evitábamos. Algunos repasaban mapas estelares, o leían libros de cubiertas moradas. Yo me ponía con el walkman. Todos éramos Miss Moira y, aun así, no podía evitar sentir que el resto eran un fraude.   

Con el tiempo nos dejó de hacer gracia. Mi novio decía que buscase algo nuevo, algo más serio.   

—Pero qué otra cosa voy a hacer. Si no sé hacer nada. Aquí al menos ayudo a la gente.  

—Es deprimente —me contestaba.  

Me dejaba el periódico encima de la mesa y se iba a trabajar. Yo cogía un rotulador y subrayaba algunas ofertas: recepcionista para clínica dental, vendedor puerta a puerta, elfo de navidad. Luego me iba a la cama y no nos veíamos hasta el día siguiente.   

—Miss Moira, ¿me voy a morir esta noche?  

No tardó, lo del traslado me lo contó nada más llegar a casa.   

—Nos iremos a la costa —me dijo mientras me agarraba las manos. Es genial, podremos vivir a cinco minutos de la playa, el sueldo es mejor y seguro que allí encuentras algo rápido.  

Me vi sola, haciendo camas en un hotel o tras una ventanilla, presentando a un loro en una atracción turística, diciendo una y otra vez: no se pueden hacer fotos con flash.  

Le dije que no sabía, era muy precipitado.   

—No sé, esto ya no está tan mal, de verdad. Me gusta.   

Él me miró.  

—Pero si casi no nos vemos. Es esto o nada.  

Agaché la cabeza. Me dijo que llegaba tarde, que lo pensara y lo hablaríamos a la mañana siguiente. 

Recogí las tazas y me senté al borde del sofá. Miré la hora, aún no eran las siete, tenía tiempo. Marqué el 902. ¿Qué hago, Miss Moira? 

Anabel Palacios
Anabel es muchas cosas que terminan en «ora»: editora, correctora y traductora. Aunque, en realidad, lo que le gustaría es ser una cuentista irlandesa.

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