Mi madre viaja a través del tiempo y nos lo cuenta por WhatsApp

La última movida en el grupo de WhatsApp familiar es que ahora mi madre ha aprendido a viajar a través del tiempo.

Nadie sabe exactamente como lo hace. Lo único que hemos averiguado es que la primera vez fue poniendo en práctica un tutorial de cocina cubana que encontró en YouTube y que ahora, para viajar, siempre se lleva el mismo collarín acolchado de cuando coge un avión. Uno que regalaban en el Lidl.

Cuando nos lo contó en el grupo por primera vez, le pedimos que nos explicara cómo lo había conseguido, pero ella dice que se va a llevar el secreto a la tumba porque, literalmente, ‘esto en manos de cualquiera sería muy peligroso’. Lo que no dice es que ahora su casa parece el Museo Británico.

Total, que ahora como está tan ocupada todo el día viajando por el tiempo, y no nos reunimos casi nunca, mi madre usa el grupo para enviarnos sus crónicas como hacía el tío Matt en Fraggle Rock.

Sus primeros viajes fueron: la llegada de Colón a la isla de San Salvador (ahora las Bahamas); el día que Jamaica se independizó del imperio inglés; y la fundación por parte de los portugueses de un pequeño asentamiento en la bahía de Guanabara que más tarde se llamaría Río de Janeiro. ‘Viajar por la historia no está reñido con ponerse un poco morena’, escribió en el chat.

Su nueva guía de viajes es la enciclopedia Espasa. En el grupo la hemos avisado que para eso ya tiene Google. Pero mi madre dice que es que en la Espasa las fotos son más recientes (sic).

Pero no todo son grandes momentos históricos. Cada mediodía se va a casa de una señora de Linares a ver Cifras y Letras. 

El tema es que desde que viaja a través del tiempo, ha dejado de reprocharme que casi nunca la vaya a ver. Yo tengo la teoría que es porque ahora visita a mi versión de cuando tenía 9 años. Eso explicaría porque el otro día me preguntó dónde guardaba mi colección de tazos.

Tendré que asumir que mi madre prefiere a mi yo de 9 años. No se lo tengo en cuenta. Seguro que llora menos.

También hay el tema de que seguro que la hace sentir más joven. Mi síndrome de Peter Pan para hacerla vivir en la fantasía de que nada ha cambiado no puede competir con eso.

Sea como sea, lo que está claro es que está frecuentando demasiado los 90 porque cuando le dije que buscara los tazos en una caja de zapatos Victoria que hay en la buhardilla, ella me respondió: ‘no pueeedor, no pueeedor’. 

Sobre el futuro, lo raro es que mi madre me sigue dando la brasa con cosas como ‘vigila con esa cerveza de más’, ‘no comas tanto jamón’, ‘conduce más despacio’, ‘sentarse es el nuevo fumar’… aunque ella ya sabe exactamente cómo me voy a morir. Decídete por una, le escribí. Me dejó en visto. Seguro que está con ese crío.

Pero bueno, compensa su ausencia como en los viejos tiempos.  De cada viaje, a mí y a los sobrinos, nos trae un suvenir. De la Revolución Francesa nos trajo unos tarros de paté de campaña incomibles. Del hundimiento del Titanic unos prismáticos. Y del asedio de Breda nos acabó pillando, a última hora, unas camisetas básicas en el Primark.

Viajar en el tiempo es su nueva personalidad. Tuve que frenarla cuando descubrí que se había comprado un casco para ir a la noche de los cristales rotos. 

Pero lo que es más remarcable, el denominador común de todas sus crónicas, es que, en general, se confirma que a mi madre nada le impresiona demasiado. Ha visto gente invadiendo países, morir por sus ideales, gente escribiendo obras maestras de la literatura universal, inventando medicamentos que salvarán millones de vidas y a mi madre le parece que bueno, que sí, que no está mal. 

A mí me gusta leerla, pero sobre todo, saber esto, me consuela. 

Aunque ese consumo de biodraminas no es ni medio normal.

Guillem Latorre
For relaxing times, make it Suntory time. De Reus. Desde mi casa veo la escuela dónde estudio Buenafuente. Es una escuela normal. Es fea.

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