Historia del reencuentro soñado de dos amigos, que se convirtió en pesadilla

Encarna recibió un mensaje al teléfono:

  • 13:12 ¿A qué estación llegas?
  • 13:13 ¿No crees que es demasiado tarde para preguntar eso?
  • 13:13 ¿Por qué?
  • 13:14 Llego en un minuto a la estación de Sants.
  • 13:14 Perfecto. Allí estaré, tranquila…☺.

A las 13:15 Agustín llegó a la estación*. Encarna y él se fundieron en un abrazo que duró un día**, llevaban tiempo sin verse. Sus miradas, impacientes de saber el uno del otro, se tropezaban constantemente. En el metro, de camino al hotel, no paraban de bromear y de insistir en que lo pasarían muy bien en Barcelona. Agustín, había preparado una ruta muy elaborada para que su amiga disfrutara de la Ciudad Condal. A saber:

-Ver el Guernica.

-Un paseo por la catedral, y subir a la Giralda. 

-Hacerse fotos en la playa***.

-Visitar las Ramblas con el móvil en el bolsillo de atrás del pantalón.

-Ir a la tienda Apple de plaza de Catalunya para comprar un móvil.

Y un largo número de actividades, todas ellas para que su gran amiga se fuera de allí con una percepción positiva de su ciudad. 

Al llegar al hotel, en el barrio de Gracia, algo les pareció sospechoso. La recepcionista, una chica simpática, educada y muy observadora, un ejemplo:

Sois dos ¿verdad?

Increíble, eh. La trabajadora, les insistió en que fumaran en las zonas habilitadas, ya que hacía unos pocos meses, en 1995, falleció una mujer en la habitación 126. Encarna, preguntó:

-¿Fue muy grave el incendio?

-¿Qué incendio? 

-Pues el que mató a la mujer hace unos meses, en 1995. 

-No, la mujer murió por un infarto de miocardio. Lo de no fumar en las habitaciones es por el reglamento de protección contra incendios y el código técnico de edificación, con últimas actualizaciones de 2021 y 2019, respectivamente****. 

-Qué observadora es usted…


*13:15 del día siguiente.

** Como podemos comprender con la fácil suma de 1+1, Encarna estuvo dos días en la estación de Sants. (Para que luego digan que este relato es lento.)

*** De la Concha. 

**** Todos los opositores a Bombero saben que en estos documentos no dice nada sobre no fumar en las habitaciones. (Licencia poética del autor.)


Cuando llegaron a la habitación, no pudieron evitar preguntarse;

-¿Te has fijado?

-Sí, ¿qué raro, no?

-Sí… qué raro*.

En la habitación, había dos objeto que les llamó poderosamente la atención, encima de cada almohada había una Pitahaya**. La atención les duró poco ya que se las comieron rápidamente. Llevaban dos días sin comer, tiene sentido. Lo que no sabían es que ese acto tan animal y aparentemente inofensivo, les traería terribles consecuencias***. 

Salieron del hotel tan pronto como pudieron, con destino el Arco del Triunfo, cogieron el metro L3 (La verde) en Lesseps, donde pasaron, por Fontana, Diagonal, Passeig de Gracia y Catalunya, donde posteriormente cogieron el L1 (La roja) pasando por Uquinaona y bajando en Arc de Trionf****. Tiene sentido ya que querían ir allí. En ese mismo lugar se llevaron otra sorpresa, el monumento ya no estaba, había sido sustituido por una farmacia de 12 horas, pero lo que más les extrañó fue el nombre de la farmacia, “Farmacia La Pitahaya.” Algo estaba pasando, pero ellos no entendían, este diálogo lo escenifica: 

-¿Te has fijado?

-Sí, ¿qué raro, no?

-Sí… qué raro*****.

Siguieron la ruta, sin querer darle mucha importancia, decidieron ir a la playa andando y así poder ver el mar, pero, abruptamente, una señora mayor, con facciones desencajadas, pelo desaliñado, ropajes antiguos y mirada penetrante, al mismo tiempo que abstraída, les dijo: 

-Habéis comido Pitahaya, estáis malditos, no pasaréis de esta noche. No hay remedio, no, no hay remedio… El amor, quizá, el amor… No creo… quizá…- y se marchó torpemente cantando.

Ellos, no daban crédito a la situación. Encarna, dijo:

-¿Pero qué ha pasado ahora?

Agustín, se preguntó:

-¿Esa no era Monserrat Caballé?


* Ninguno sabía de lo que hablaba el otro, pero ambos se siguieron el royo.

** Fruta escamosa o fruta del dragón, son nombres de los frutos de diversas especies del género Hylocereus o bien Selenicereus de la familia Cactaceae, proveniente de América, si bien su producción se ha expandido a otras regiones del mundo. –Jack Wiki Pedía, En busca de la Fruta perdida de la Boquería, vol.35, 1952-2021- 

*** ¡BOOH! (Toma, primer susto.)

**** Trayecto que al lector/a que frecuente el metro asentirá con aprobación y a los que no lo frecuente también, ya que lo harán para hacerse los interesantes y undergrounds.

***** Esta vez, sí que sabían de lo que estaban hablando.

Ambos amigos, empezaron a asustarse, pero no querían que nadie les estropeara esos días que iban a pasar juntos, fueron a un patio interior de Ciutat Vella, un ambiente bohemio y agradable. Pidieron dos mojitos típicos para alegrar el alma en aquella tarde calurosa, pero por error del camarero les sirvieron dos mojitos… sí, de pitahaya. Este acontecimiento les estremeció el cuerpo, pero como les pasa a todos los jóvenes en materia de alcohol, “primero el mojito, luego, ya vemos.” Ambos amigos sabían que algo estaba pasando:


-¿Te has fijado?

-Sí, ¿qué raro, no?

-Sí… qué raro.

Agustín, se quedó con las palabras de Monserrat, digo, de la señora de antes, “el amor quizá.” y vio una oportunidad perfecta para proponerle a su amiga hacer el amor. Decidió, comprar un preservativo en la máquina expendedora del servicio. Mientras tanto, Encarna, se preguntaba, qué estaba pasando, y se decidió a investigarlo. En un momento de coherencia recordó lo de la señora muerta hace unos meses, en 1995, del hotel. Miró la tarjeta de su habitación, y no pudo otra cosa que alarmarse cuando observó que estaban alojados en la 126, la misma en la que la señora murió hace unos meses, en 1995. 

Esto hay que investigarlo –Se dijo la joven- 

Cuando llegó Agustín del servicio, con aires positivos, como el que ha cometido una travesura, le contó lo que había descubierto. Tenían que volver al hotel e investigar, aunque Encarna temía que lo dicho por Monserrat, joder, perdón, la señora, fuera cierto. Así fue, rápidamente hicieron el mismo camino de ida, pero a la inversa, esta vez subiéndose en Urquinaona*. 

Al llegar al hotel, Encarna le preguntó a la empleada de antes, si se sabía lo que había comido la clienta fallecida hace unos meses, en 1995. Después de un rápido vistazo a los archivos de 26 años, dio con el menú del trágico día**.

-Primer plato🡪 Caracoles sin cáscara, anclados en seis torres de tortilla camerunesa sin sal. 

-Segundo plato🡪 Pezuña de puma con guarnición de pico de loro***.

-Postre🡪 PITAHAYA.

Cuando escucharon esto último, se les erizó el vello.

Vamos a morir… es el destino. –Exclamó Encarna-

No, si lo evitamos****. 

– ¿Cómo?

-Dijo, que con el amor… quizá*****…


*Fácil, lo mismo, pero al revés… esto… ¡BOOH!                                                                                                                               **Podemos observar, que, en este hotel, la Ley de Protección de datos, no se cumple.                                                        ***Kebab.                                                                                                                                                                                              ****Puto Agustín, como la tenía guardada.                                                                                                                                            *****Más caliente que un cocido madrileño.


Encarna, le miró desconcertada, él, insistió en subir a la habitación y hablar*. No podían perder el tiempo, la señora dijo algo de amor, había que actuar, eran buenos amigos, físicamente atractivos, jóvenes que disfrutarían de sus cuerpos aventurándose en los miles de poemas que hablan del amor, de la carne, de la leche ávida del placer carnal. No había pecado en ello, solo un intento desesperado de solucionar un problema. Su amiga, no veía mejor solución y aprobó el intento**. La escena sigue así:

-Ya.

– ¿Ya?

– ¿Te ha gustado?

-…Sí***.

Los dos tenían miedo, decidieron dormir juntos esa noche, abrazados con la esperanza de que cuanto más cerca estuviesen, nada les podría pasar. En esa habitación totalmente oscura, la 126, se escuchó una última conversación:

-Gracias por venir.

-Te has portado muy bien, estoy contenta de estar aquí****…


A la mañana siguiente, a las 13:15, el servicio de limpieza entró en la habitación 126, la ropa y las maletas de Agustín y Encarna estaban allí, pero no había rastro de ellos. En la cama, únicamente se encontraron, dos Pitahayas juntas. 

Nunca más se supo de ellos, las autoridades, después de una búsqueda exhaustiva de cuatro días, dieron por fallecidos a los jóvenes.

 Hay gente que dice haberlos visto paseando por Barcelona.

 Otros, dicen, que en las fiestas del barrio de Gracia se aparecen como fantasmas.

Pero todos coinciden en que siempre llevaban, en sus manos jóvenes, una cosa:  

UNA PITAHAYA******.


*Puto Agustín, no pierde una.                                                                                                                                                                

**Siento decirlo, pero hablarle de poesía a mujeres no funciona. A seguir como un mono, compañero.                                                                                                                                          

***¡INVENT!                                                                                                                                               

****¡ULTRA INVENT!                                                                                                                                      

*****¡BOOH!

Relato ganador (originalmente titulado Hylocereus) del concurso de relatos y piezas humorísticas de Halloween organizado por La Llama School.

Santiago Caballero Díaz
Escribo teatro y lo unico que me gusta del ser humano es la risa. Que se mueran todos los hijos de puta, yo el primero.
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