El psiquiatra que surgió del baño

Aquella era una tarde anodina de finales de marzo. Alergia, ojos hinchados, dolor de cabeza y el clímax perfecto: primera cita en el psiquiatra.

Cuando llevas dos semanas sin dormir, el mundo “real” empieza a difuminarse y cuesta distinguir lo que has soñado de lo que has vivido. De ahí que está historia parezca mentira, pero todo lo que aquí se cuenta sucedió, aunque de una manera mucho menos poética.

17:45: Llegada al portal, “maldita sea, yo y mi manía de aparecer siempre antes de tiempo”. Esperar 5 minutos en la puerta antes de tocar el timbre para no denotar demasiada ansiedad (ya estás en la antesala del psiquiatra, no es momento de preocuparse por menudeces)

17:50: Ring, espera…,Ring…, nada…Riiiiiinggggg

18:05: ¿Cuántas veces son demasiadas para tocar el timbre? Si espero más tiempo parecerá que he sido yo quien ha llegado tarde, volver a llamar.

18:15: Un señor mayor abre la puerta y despide a una paciente ante mis ojos, adiós privacidad. Buenas tardes, señora, que vaya bien lo suyo. Mira sorprendido y por un segundo trata de encontrar en su mente el espacio en el que guardó la información referente a mi persona. Veo en sus ojos girar las fichas del directorio de locos. Qué va, no cae, me presento. Ah sí claro, cómo no, vienes recomendada, pasa y espera unos segundos que termine con un paciente.

18:45: ¿Cuánto tiempo debería esperar?, ¿Se habrá olvidado de mí?, ¿Quién era esa señora?, ¿Atiende a varias personas a la vez? Lo cierto es que se escuchan voces y cuando estoy cogiendo mis cosas para marcharme…

19:00: Una hora más tarde, comenzamos la sesión. Sentados uno frente al otro, mis ojos miran de reojo el mobiliario mientras las voces de mi cabeza repiten “no lo digas, no lo digas….”

— Qué diván más bonito ¿lo usa con sus pacientes?

—¿Eh? Ah sí, ese, no la verdad es que no.

— Vaya, siempre he querido ir al psiquiatra para tumbarme en uno de esos.

— Ya, pero eso es de psicoanálisis y yo no hago esa terapia

— Ah, entiendo (pues entonces no te compres un diván, so falso, traidor)

— Bueno, ya he leído tu informe y el probable diagnóstico. Y tengo una pregunta ¿has salido con personas mayores que tú?

— Sí…

—¿Y eran problemáticos?

— Bueno, solo uno.

— Ajam…

— (Lo va a decir, lo va a decir, está a punto…)

— Normalmente, esto ocurre en los casos de personas que han tenido problemas…

— Ya, ya, ya…los padres, abusos infantiles, me sé la historia, se lo puede ahorrar no es la mía.

— Pero…

— Mi problema es que no duermo.

— Algo dormirás.

— Claro, según mi (inserte marca de Smartwatch), exactamente 45 minutos.

— Eso es imposible.

— Mi cerebro no opina lo mismo.

— Si durmieras tan poco, ya te habrías vuelto loca…

— …bueno…pues aquí estamos (miradas incómodas por mi parte, él parece preocupado por algo más profundo)

— Ay, discúlpame un momento. Tengo que ir al baño. Un problema de próstata, nada grave, pero tengo que…en fin, no tardo.

— Claro, no se preocupe (surrealista, nadie creerá esto)

— Ya estoy aquí ¿por dónde íbamos?

— Hablábamos de que no consigo dormir (¿se habrá lavado las manos?)

— Ah sí eso, ya te digo yo que es imposible seguramente dormirás más de lo que crees.

— Si usted lo dice…

— Hablemos de tu infancia

— (Please, not again) es que llevo 3 años en terapia. Me sé mis traumas de memoria, están en el informe. Creo que ahora lo que necesito es un remedio para mi insomnio crónico (¿podemos pasar a la parte de las drogas, señor?)

— No te preocupes, pero antes cuéntame…estudias filosofía ¿verdad?

— Sí, eso intento (No si al final ya sabía yo que la culpa era mía)

—  Uy, perdóname, el baño, ya sabes, jeje

— Sí, claro, sin problema (¿qué hago?, ¿me mato?)

Diez minutos más tarde, comienza una disertación con esquema a mano incluido sobre las diferencias entre hipomanía y manía. Además, descubro detalles sobre su vida personal y la de las personas que tenemos en común, totalmente innecesarios más allá del chisme. Tras las consecuentes visitas al baño, siento que es hora de volver al tema.

— Y bien, ¿cree que podría mandarme algo para dormir?

— Ah sí, claro. Te hago una receta, tomate una de estas antes de dormir.

—¿Cuánto tiempo antes?

— No sé, depende. Ya lo irás viendo.

— Vale, gracias.

—¿Tienes alguna pregunta?

— No, está todo claro (¿me puedo ir ya?)

— Bien, pues serían 100 € y nos vemos en…no sé…¿dos semanas?

— Por supuesto.

Salí de allí con el bolsillo más vacío y la cabeza más hinchada. Aún volvería allí una vez más, aunque tan solo uno de los dos sabía que sería la última. La segunda vez que toqué su puerta, con mi cita ya acordada, ni siquiera me recordaba. Pero su desplante no fue suficiente para que olvidara aquella tarde que pasé con el extraño psiquiatra que surgió del baño.

Zulay Monterohttps://zulaymontero.com/
Zulay Montero estudió Periodismo por culpa de su libro favorito de pequeña: Sheila la Magnifica, en el que una niña creativa (y un poquito mentirosa) montaba un periódico durante un campamento de verano. Con el tiempo, la realidad de los medios de comunicación fue rompiendo sus sueños hasta hacerla caer en el lado oscuro de la publicidad. Ahora está de vuelta, retomando su pasión y dejando salir su auténtica voz: irónica, cruel y satírica, esa que se escondía tras la máscara de pretendida cordura que construyó para encajar. También es fan de cantar mal por la calle, estudiar filosofía para que su vida sea aún más absurda y trabajar en marketing mientras monta una ONG de comunicación solidaria. Pura contradicción e hipocresía.

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