Enrique Vila-Matas subido a un árbol

Pues eso, que un día volviendo a casa del supermercado, cargadísimo de bolsas con comida para la cena y rebufando del esfuerzo oí un ruido, alcé la vista y me encontré a Enrique Vila-Matas subidísimo a un árbol. ¿Pero qué cojones hace ahí arriba?, dije. No se lo pregunté a él sino que simplemente lo dije en alto, como buscando a alguien que me explicara lo que estaba viendo. Pero no había nadie más, solo estaba el escritor, subido a un árbol y agarradito a las ramas como un gato y yo, dos metros por debajo, con mis bolsas de la compra. A mí me sorprendió el sonido de mi voz porque no soy de entablar conversaciones con nadie, pero supongo que esa fue mi manera de canalizar la sorpresa de ver a un señor famoso en lo alto de un árbol. 

Quería esconderme y ver la ciudad desde arriba, sin interferir con nadie, observar a sus gentes y entender su trajín, sus quehaceres y sus agobios pero ahora me da vértigo y estoy pidiendo ayuda para bajar pero por aquí no pasa nadie excepto usted, se quejó Vila-Matas con voz temblorosa. ¿Me ayuda a bajar o no?

Yo le contesté que si quería llamaba a la policía o a los bomberos, quizá incluso al Ayuntamiento, para que enviaran a algún operario con una escalera. No, no, por Dios qué vergüenza, contestó. Ayúdeme usted y ya está, esto queda entre nosotros porque total ha sido una tontería subir aquí, que parezco tonto.

Y yo, cargado como iba con mis bolsas, no podía hacer nada por él, pero he leído varios libros suyos y me sentía en deuda. Yo creo que puede usted saltar y que a esa altura no se hace nada porque Hay gente que sala de un octavo piso sin una magulladura y esa rama no está tan alta, le dije.

Ya, pero yo tengo más de setenta años y no quiero partirme la crisma.

Bueno pero como mucho se romperá usted un tobillo y si eso ocurre yo llamo a una ambulancia, se lo prometo.

Y Vila Matas saltó al pavimento ¡PLAM! y con la inercia se quedó agachadito como Iron Man, con las dos suelas firmes en el suelo, un brazo en el aire y una mano como agarrando el planeta. Yo me acerqué a él temeroso. ¿Todo bien? Sí, sí, todo bien.Bueno, vamos, vamos.

Vamos qué. Cómo que vamos.

Vila-Matas me miró las bolsas de la compra. Me miró a los ojos y volvió a decir vamos vamos. Y yo que no sabía qué contestarle aproveché y le dije que enhorabuena por sus libros, que me habían gustado mucho los que había leído. Dos o tres, pues no he leído más. Y luego hubo un silencio y yo hice una especie de reverencia con la cabeza como para decir adiós y empecé a andar y en el semáforo vi que Vila-Matas me había alcanzado y que me estaba siguiendo (como yo temía que iba a ocurrir, pues algo en su actitud me decía que ahora él era mi responsabilidad). Le sonreí como quien no sabe qué decirle a un vecino en el ascensor o a un compañero de trabajo con el que se coincide en el metro. Y así estuvimos durante algunas manzanas. Yo andaba y él me seguía de cerca con una ligera cojera. Imagino que un poquito de daño sí que se había hecho al saltar del arbolote. 

Bueno vivo aquí, en fin…, le dije al llegar a mi portal.

Vale, dijo. Y el vale no era un sinónimo de vale, adiós, adiós, aquí lo dejamos, genial todo sino un sinónimo de de acuerdo, pues aquí estamos. Es decir, como sinónimo de me parece bien que vivas aquí, todo es correcto e incluso como sinónimo (ojo con esto) de ¿así que este es mi nuevo hogar? Pinta bien, me hace ilusión.

Dos minutos más tarde y tras compartir el viaje de ascensor más raro de mi vida, estoy en la cocina hablando con mi novia en voz baja y explicándole quién es Vila-Matas. Incluso le enseño dos libros de la estantería para que compruebe la foto de la solapa y vea que no le miento y que el desconocido que no he podido evitar meter en casa y que está sentado en nuestro sofá viendo Sálvame es un escritor respetable. Traducido en muchos idiomas, lo leen en todas partes y hay gente que paga por escuchar sus charlas, jaja, y nosotros le tenemos aquí gratis, le dije a mi novia. Pero ella es tajante: no nos lo podemos quedar y punto. 

Bueno, le invitamos a cenar y a ver cómo va, le dije a Patricia. Al fin y al cabo, es pintoresco tener a alguien traducido a varios idiomas en casa. Pero no le sacamos ningún partido a esa particularidad en concreto y Vila-Matas se comió los macarrones en silencio y luego dijo que muy buenos y eructó y todo. Y después de cenar, seguimos en silencio y lavé los platos y él ni se ofreció a ayudar ni nada.

¿Sa-be-us-ted-dón-de-vi-ve?, le preguntó Patricia, que ya estaba un poco harta y quería irse a dormir. Yo le dije que ya lo solucionaríamos mañana o pasado mañana y que quizá puede quedarse unas horas a dormir, porque a veces se queda su hermano y tampoco pasa nada.

¿Se quiere usted quedar a dormir? Y Vila-Matas se queda, claro. Le damos unos cojines y, aunque era verano, una manta. También le dejamos algunos libros suyos en la mesita auxiliar, junto al sofá. Esto, visto ahora, parece una estupidez porque para qué iba a querer él leerse sus libros. Ya en la cama, yo le dije a Patricia que no sería tan desagradable tener a Vila-Matas en casa, porque podría escribirnos cosas bonitas, hablarnos de literatura y darnos conferencias y que yo lo sacaría de vez en cuando a dar paseos a la biblioteca o a librerías. Además, Vila-Matas sabe hablar muchos idiomas y eso siempre es útil en caso de que nos dé por viajar o tengamos que ayudar a un turista, dije.

Patricia, sin embargo, es mucho más lista que yo y sabe que no hay que encariñarse con los escritores. Son gente taciturna, dijo.

Pausa.

Y si nos lo quedamos, que no he dicho que sí, tú te encargas de llevarlo a las presentaciones de libros. Hipotéticamente. Y con esa amenaza de Patricia nos fuimos a dormir. 
No sé si fue por mi excesiva diplomacia con él o cuál pudo ser el motivo, pero Patricia se hizo amiga de Vila-Matas muchísimo antes que yo. Pese a que yo lo había rescatado, a mí simplemente me respetaba, pero a Patricia le tenía muchísimo cariño. A las dos semanas ya eran inseparables y cuando ella salía a comprar se lo llevaba siempre y daban largos paseos cada tarde. Yo, por el contrario, intentaba hablar con él de literatura. “Escriba algo”, le decía. “¿Se le ha ocurrido ya algo para la próxima novela?”. 

Nada, nada, se limitaba a decir él. Y veía la tele con nosotros. 

Han pasado dos años desde que me encontré a Vila-Matas subido a un árbol. De vez en cuando vienen amigos nuestros a cenar y Vila-Matas les pregunta cómo les va en el trabajo, cómo están los niños o sus padres y luego él explica alguna anécdota de sus años de borracheras. Es muy celebrada una en concreto en la que él, estando trabajando en su despacho escribiendo el Bartleby no podía concentrarse por culpa del ruido que subía del patio de un colegio que había justo debajo de su casa. Una niña en concreto gritaba mucho y le tiré un tomate y la derribé, suele decir, golpeando la mesa, entre el jolgorio de todos. Y eso es lo máximo que hace, su mejor truco. Por lo general, no hace nada y está bien así. Desde que está con nosotros no ha escrito una sola línea. 

Yo no no dejaré que nada malo le ocurra, aunque sé que Vila-Matas es ya mayor y que acoger a un escritor en casa es asumir también su pérdida porque algún día nos dejará y nos pondremos tristes durante un tiempo, al menos hasta que encontremos a otro escritor abandonado.

Sonia Totoro
Sonia es humorista y guionista de televisión y vive y trabaja en Madrid. Es alérgica a los higos y escribe cosas graciosas cuando le dejan.

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