Amiga famosa

A ver, lo que me pasa es que tengo un dolor muy intenso en el estómago que va y viene, especialmente me duele por las noches, así que no duermo bien y luego durante el día tengo además dolor de cabeza, que no sé si es de no dormir o qué, pero en cualquier caso las dos cosas se me juntan y creo de verdad que es todo por los nervios, si usted quiere me hago otra vez el análisis de sangre pero es que no ha pasado ni un mes de las pruebas anteriores y estoy convencido, al menos desde mi punto de vista, de que saldrá todo normal porque viene todo de aquí, no de aquí, es psicológico, es por los nervios. Tengo una amiga famosa. No de siempre. Famosa de ahora. Prefiero no decir el nombre, no porque dude de su profesionalidad ni nada, sino porque tampoco es necesario que lo sepa y no me gustaría que su nombre de repente eclipsara lo mío, o sea, que insisto en que es usted muy profesional, pero sé que, si le digo cómo se llama mi amiga, ya solo querrá saber cosas de ella, por mucho que no lo exteriorice, y el foco ya estará en ella aunque solo sea en su fuero interno, porque es muy famosa, y no en mí, que soy el que tiene los dolores esos que le comento. De estómago y de cabeza. Por el estrés, diría yo, pero usted es el profesional. Es famosa desde hace relativamente poco, pongamos que desde hace tres años o así. Lo que pasa es que de repente es conocida en todo el mundo. Y he dicho amiga y en justicia tengo que reconocer que me he venido un poco arriba con la palabra. Lo justo sería decir que es una conocida, una conocida muy conocida, jaja, una conocida megafamosa, dejémoslo así. Le cuento esto por el dolor de estómago, aunque parezca que no tiene nada que ver. Tiene todo que ver. Tiene que ver porque esta persona, de repente, siendo ya conocida, o famosa mejor dicho, entra en mi vida. Sin comerlo ni beberlo, esta amiga conocida, famosa, contacta conmigo a través de las redes sociales; por supuesto, yo sospecho y me digo que no es ella, pero fíjese que sí que era ella. Voy a explicarme mejor, aunque el nombre no se lo voy a decir: ella y yo éramos compañeros en el colegio. Antes del instituto, estoy hablando de cuando teníamos seis, ocho, diez años. Yo venía de otro colegio y luego cambié otra vez, pero durante unos pocos años íbamos juntos a clase y, en esos años, sobre todo en el último, especialmente el último, se puede decir que congeniamos. No de novios ni nada, pero yo iba a sus fiestas de cumpleaños y ella a las mías, quedábamos para merendar, esas cosas. Con otros también, no solo ella y yo, pero vaya, que nos llevábamos bien y nos contábamos intimidades. Bueno, entiéndame, todas las intimidades que se pueden tener a esas edades. Éramos niños y claro, imagínese, cuando de repente salta ella a la palestra, hace como tres años, como le he dicho, yo alucino y me llama lógicamente la atención y demás, pero me pilla en un momento de mi vida en el que no estoy yo para la nostalgia, no me relaciono con nadie de aquella etapa, ni de aquella ni de ninguna a decir verdad, y bueno, comento la curiosidad con mi entorno familiar y en la oficina, no para presumir ni nada, simplemente porque es una anécdota llamativa, y ahí queda la cosa. No diré que me olvido de ella porque sale en todas partes, pero vaya, de lo que sí me olvido un poco es de ese pasado que tenemos en común. Y tiempo después ocurre esto que le digo: un mensaje de la nada, en privado: “Hola, soy tal, imagino que para ti es rarísimo que te escriba, pero verás, etcétera”. El mensaje era un tocho, se lo podría enseñar pero entonces sabría de quién estoy hablando y no quiero. En síntesis, lo que me dice es que siente la necesidad de saber de mí, de recuperar un poco sus raíces, y me confiesa, ojo, me confiesa que soy de los pocos amigos que ha tenido en la vida, porque amigas ha tenido y tiene muchas, pero un amigo hombre, compañero de vivencias, sin nada raro, pura complicidad y disfrute -eso lo dijo literalmente, se me quedó grabada la expresión “pura complicidad y disfrute”-, pues que nada de nada, y que si me quiero tomar un café con ella por los viejos tiempos y tal. Yo me quedo bloqueado, primero pensando que es un timo pero claro, con la mosca detrás de la oreja. Y como pasa un día y no contesto porque sigo sin saber cómo reaccionar, me vuelve a escribir -porque lo que sí sabe es que he leído su mensaje, porque lo indica la aplicación- y me desliza un par de detalles inconfundibles, nombres de un par de profesoras y una referencia muy concreta que no deja lugar a dudas. Fíjese si soy desconfiado que incluso entonces pienso que igual es otro antiguo alumno haciéndose pasar por ella, pero hasta yo me doy cuenta de que no tiene sentido que alguien haga esto y al final, por consejo de una compañera del trabajo que es muy cabal, me animo y le digo que vale, que tomemos un café cuando ella quiera. Yo muy natural, cero referencias a sus éxitos, vamos, con la misma naturalidad con la que me habla ella. Y, en fin, me propone un sitio que además está relativamente cerca de mi casa, lo busco en internet y es un bar bastante pintón, no lo conozco pero me parece adecuado y cerramos la cita. Me emociono bastante, lo tengo que reconocer, y se lo confieso a ella en mi último mensaje, le digo además que me verá súper mayor e igual no me reconoce, y me contesta que claro que me reconocerá porque ya me ha visto en la foto del perfil, como es lógico, tonto de mí, no había caído en eso. Y le digo que yo sí la voy a reconocer, que por eso no se preocupe, y se ríe, claro, por el guiño que le hago sobre su repercusión mediática y tal. Vuelvo a los nervios: esto que le cuento es de hace como tres semanas, y allí empiezan los primeros retortijones porque tengo el colon irritable, ya lo hemos comentado alguna vez, pero es más bien una inquietud por lo que se viene, en este punto aún no hablaría de estrés. Hay nervios buenos y nervios malos, yo con esto me entiendo, aunque ya sé que no es un término médico. Expectativa es la palabra. Estoy expectante en ese momento, pero no estoy mal aún, me cago porque estoy a verlas venir. Total, que me planto en el bar cuqui a la hora acordada y está claro que llego yo el primero, en realidad lo daba por hecho, los famosos llegan tarde, uno tiene esa idea en la cabeza, ¿no? Ella tarda diez minutos en aparecer, gafas de sol, discreta, pero incapaz de ocultarse del todo. Me levanto, nos abrazamos, ella aprieta fuerte, rollo abuela, mira a los lados y se sienta. Y mira a los lados otra vez. Yo me quedo callado, y eso que había ensayado mentalmente formas de romper el hielo, pero ella, súper suelta, ya acostumbrada a manejarse en la vida, arranca con una anécdota del colegio y en dos segundos estamos riéndonos como si lleváramos cuatro horas charlando de borrachera. No era así antes. Para nada. Ha adquirido esa soltura de famosa, que está muy bien porque lo pone fácil, pero al mismo tiempo es falso, como una actuación. Pero es que es normal, me digo, somos ya dos personas distintas, ella especialmente, con lo que ha vivido, pero seguro que yo también a mi manera. A los tres cuartos de hora, yo ya con dos vinos, ella con dos infusiones de no sé qué, me pregunta cómo me va, cómo me ha tratado la vida. Dejamos las historietas y pasamos al presente, vaya. Y es incómodo, porque desde su punto de vista cualquier cosa buena que yo haya hecho o que me haya pasado es ridícula, por muy natural que ella quiera mostrarse, las cosas son como son. Pero le cuento, que si el trabajo, que si la muerte de mi padre, que no tengo pareja, en fin, no lo maquillo porque sería absurdo, es una persona tan fuera de mi liga que en este sentido la presión por aparentar es cero, juego a partido perdido, que no sé si es una frase hecha pero podría serlo. Ella me confiesa que no tiene vida, pero ya sabe, se refiere a esa forma de no tener vida que en realidad es tener demasiada vida, que te sale vida por los poros y no puedes agarrarla, no puedes retener un solo instante porque la vida te lleva, te arrastra, y en realidad eso es precisamente tener vida, si me permite la filosofada, lo otro para mí es supervivencia; que no me quejo, pero vamos, que lo que quiero decir es que, cuando una persona como ella dice que no tiene vida, a mí pena no me da ninguna, porque lo que está diciendo en realidad es que está muy ocupada y siente que no tiene tiempo para ella. Para la introspección, o como se le quiera llamar. Y argumenta que esa necesidad de quedar conmigo para saber de mí tiene que ver con eso que le pasa, con su voluntad de retener cosas buenas que tuvo y traerlas a su presente para recuperar, de algún modo, la sensación de cronología y narrativa en su vida, que por el ajetreo diario y la cantidad de cosas que le pasan se le ha desmembrado de alguna manera y siente que ella ya no es ella, que su identidad es una marca. Estoy recuperando expresiones que ella dijo pero de mala manera, recreo un poco la conversación, pero como la tengo bastante fresca se puede decir que estoy siendo razonablemente fiel. Me suelta su rollo, hablando en plata, y yo la escucho pero ya más pendiente de la gente que nos mira, y ella se da cuenta de que miro a los que nos miran, y baja la voz, consciente ya de que se está abriendo en canal en un sitio público con gente al tanto. Baja el tono, hace un par de pausas largas, pide la cuenta, insiste en que invita ella, cosa que admito que me duele un poco, porque es como asumir su posición de poder, pero yo me agarro a que invita porque propuso ella la quedada, lo cual es cierto, y ella lo utiliza también como pretexto, así que paga ella y hay un momento en el que tengo la tentación de proponerle un intercambio de números de teléfono, pero no llego a dar el paso y me da un poco de rabia haber sentido esa necesidad de tener su número, aunque debo admitir que sí me hubiera hecho gracia, casi como un trofeo, pero en fin, no surgió y no saqué el tema y nos despedimos con la promesa difusa de volver a quedar, sabiendo que el pescado estaba vendido, que ya habíamos vivido la experiencia del reencuentro y que, sin nada más en común, lo más probable era que se quedara la cosa ahí, que no estaba mal porque no era poco. Al día siguiente vida normal, ya sin esos nervios buenos, tampoco sin nervios de los malos, rutina. Y cuatro días más tarde, un mensaje pero no de ella sino de una productora. El tono, como el de esos anuncios que te dicen que te ha tocado un premio. Lo que pasa es que todo me cuadra, porque me hablan de mi amiga y me hablan de nuestro encuentro en el bar. Alucinante todo. El mensaje es para decirme que la cita formaba parte de un programa de televisión monográfico sobre ella, que no me dijo nada porque la gracia del programa es la espontaneidad, pero que por supuesto sin mi permiso no se difundiría nada, y que además yo podría ver el material antes de su emisión, etcétera. Y entonces me digo que, al final, sí que era un timo todo. Quiero decir que, aunque el primer mensaje fuera de verdad de ella, en el fondo era mentira que quisiera quedar conmigo, simplemente era todo parte del guion de un proyecto más de los suyos. Publicidad camuflada con historias lacrimógenas para aparentar que sigue siendo una persona normal, de la calle. ¿No le parece increíble? Lo que más me molestó fue que ella desapareciera de escena, que me contactara una tipa de la productora. Me sentí utilizado, supongo que como cualquiera en mi lugar. Y tras la confusión vino la ira. Pasé unos días tan enfadado, tan humillado, que tuve que faltar dos días al trabajo y todo. Abría la conversación que había mantenido con ella en internet con la tentación de escribirle, pero sabía que en caliente diría cosas feas de las que luego me arrepentiría. Y encima todo el mundo preguntándome cómo me había ido con la famosa, si me había vuelto a escribir, si éramos íntimos ya. Cada pregunta me alteraba más y más. Y entonces, ya sí, los nervios malos, terribles, el dolor de estómago, el insomnio y las jaquecas. Que por eso estoy aquí. Pero porque ha ido a más. Hablé con mi compañera la cabal, la de la oficina, a ella sí se lo conté todo, también cómo me había sentido, y lo comprendió porque yo creo que cualquiera puede entender que así no se hacen las cosas, que así no se trata a la gente por mucho experimento televisivo que quieras hacer. Somos personas, no somos fichas de un tablero, qué coño se ha creído. De hecho, esta manera de actuar lo que demuestra es que sí se ha vuelto gilipollas con la fama, porque una persona que sigue con los pies en la tierra, como nos quiere vender, no trata a la gente de esta forma. No se puso ni por un momento en mi lugar, no pensó que yo me estaba abriendo a ella en confianza, contándole el accidente de mi padre, confesando mis pequeñas miserias de persona corriente, cosas que nunca diría ante una cámara, mientras ella ponía cara de escuchar pero sabía que yo estaba siendo filmado, que esa es otra, no sé cómo lo hacen pero ponen cámaras diminutas en todas partes y yo creo que les tendrían que denunciar. Eso me decía mi compañera la cabal, que podía denunciarlo si quería, que si yo me sentía así era porque no es de recibo todo eso, que cualquiera en mi lugar estaría indignado salvo que le pudiera el delirio de grandeza y lo viera como una oportunidad para lucirse. Esa es la cosa, eso es lo peor: supongo que ella pensó que yo estaría encantado de participar de su fama durante aquellos minutitos de gloria en la tele, contribuyendo a blanquear su engreimiento de famosa a cambio de que me reconocieran las señoras por la calle durante un mes. Me tomó por ese tipo de persona. Y sí, soy honesto y admito que quise que me diera su número y me daba morbo la situación, pero no hasta el punto de vender el accidente de mi padre a la televisión, eso en la vida, mis pequeñas vivencias de persona corriente merecen el mismo respeto que las suyas, no son una mercancía, aunque ella considere que su propia vida sí lo es. Me estoy alterando y ya tengo el estómago como una piedra. No quiero llorar, es absurdo porque no pasa nada, dije que no iba a participar y ya está, pero fui humillado y cuando lo recuerdo se me llevan los demonios. Porque no ha pasado ni una semana. De hecho, cuando le dije a la productora que no, pensé que igual ella me escribía para disculparse, aunque fuera hipócritamente y con el objetivo de seducirme y convencerme, pero no lo hizo. Y hablándolo con mi compañera la cabal llegamos a la conclusión de que, si no salía de ella, tenía que ser yo quien le escribiera y así lo hice, qué coño. Le escribí, literalmente, esto: “Quiero que sepas que me has utilizado y me da igual que no fuera con mala fe, me he sentido expuesto, conté cosas privadas sin saber que había cámaras grabándome, y tienes que saber que esto no se hace. Releo el mensaje en el que decías que había sido tu único amigo y, a la vista de los acontecimientos, me sienta peor que un escupitajo en la cara”. Lo he recitado de corrillo porque lo memoricé de tanto repasarlo; madre mía, ni Lorca dedicaba tanto tiempo a sus poemas. Me ayudó mi compañera la cabal, que escribe mucho mejor que yo, y creo que es breve pero hiriente y además dice la verdad (y por eso es hiriente). Como era de esperar, la callada por respuesta. Puede incluso que me haya bloqueado, como si la estuviera acosando. ¿Se imagina? Me humilla y, por quejarme, me mete ya en el saco de los pesados, de los acosadores. No me trató como a una persona ni un solo momento. Y, es más, se puede decir que perdió el respeto por ella misma utilizando sus propios recuerdos de infancia para un show asqueroso de la tele. ¡Qué asco de persona! En fin, a lo que íbamos: todo esto me ha destrozado los nervios, y además ahora tengo miedo de que se me vuelva en contra de alguna manera. Porque, aunque sé que está mal, no me conformé con reprenderla por privado, ni con volver a escribir a la productora amenazando con contar sus métodos. De nuevo con la ayuda de mi compañera la cabal, grabé un vídeo mirando a cámara en el que explicaba todo lo que me había hecho la famosa, exponiéndola, y me quedé bien a gusto, y a punto estuve de publicarlo pero al final triunfó el sentido común y sobre todo triunfó la sensatez de mi compañera la cabal, que me dijo que haber grabado el vídeo tenía que servir para desahogarme y “afianzar mi posición respecto a lo ocurrido”, como cuando el psicólogo te pide que le escribas una carta a alguien que te hizo daño, aunque luego no se la vayas a mandar. Pero juro que algunas noches, cuando me despierto por el dolor de estómago, tengo tentaciones de ir al ordenador y publicar el vídeo. Bueno, qué coño, lo voy a decir: lo publiqué hace dos días, a las tres de la madrugada, y me quedé mirando el contador de reproducciones. A las dos horas tenía tres visionados y entonces me asusté, me acordé de las palabras de mi compañera la cabal, que me insistió en que esta gente tiene mucho dinero y muchos abogados y que me podían hundir si querían. Total, que lo borré, pero a veces pienso que igual ha quedado registrado en algún sitio, o alguna de esas tres personas que lo vio se lo bajó y vuelve a subirlo desde su canal… son miedos que me asaltan y esta situación me provoca aún más ira, porque yo no he hecho nada malo, yo estoy reaccionando a una humillación y encima tengo que cargar con la culpa del agresor, que no soy yo sino ella. Y es por todo esto que no duermo y que me duelen el estómago y la cabeza. Le he soltado todo el rollo para que entienda que no es placebo o como se llame, que no es sugestión, que es un dolor real provocado por una agresión real de una persona que además salió impune. El programa se emite esta misma noche, a las diez, con lo cual, después de tantas precauciones que he tomado, usted se va a enterar de quién es la famosa en cuestión. Me da igual. No saldré yo porque no di mi permiso y faltaría más que se lo saltaran, pero por las características del programa, usted va a deducir al instante que esa persona de la que le hablo es la Rosalía. Así se lo digo. La Rosalía. Trá trá. Tócate los cojones con lo que me ha hecho a mí la Rosalía, que por su culpa tengo que venir aquí a pedir medicación, relajante muscular, ansiolítico, analgésico o lo que tenga usted la bondad de recetarme.

Xavi Puighttp://www.elmundotoday.com
Xavi Puig es director de El Mundo Today, ha colaborado en radio, televisión y prensa y ha publicado en poesiacompleta.com. Vive en Madrid con Nikki, Buffy, Truco y Trasto.

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