Victoria en bragas

Manolito García Moreno, a. k. a. Manolito Gafotas, llegó a mi vida en julio de 1999. «Otro verano… Uno más», como señalaba mi madre en la dedicatoria de la página 2 del libro de Elvira Lindo que aún conservo en mi antigua habitación de Casa Padres.

Manolito, su hermano el Imbécil, el Orejones (su mejor amigo, aunque a veces sea un cerdo traidor), Susana «Bragas Sucias» y Paquito Medina se convirtieron en mi primera pandilla literaria, la mejor del mundo mundial, durante mis visitas imaginarias a Carabanchel (Alto). Recuerdo reír con ellos en voz alta y sentir tremenda conexión con Manolito al sufrir, ambos, con unos hermanos pequeños que nos hacían la vida imposible y que conseguían desviar las collejas de padre y madre hacia nuestras inocentes nucas.

Cada Navidad y cumpleaños, desde 1999 a 2002, esperé con ansia una nueva dosis de las hilarantes historietas de los García Moreno, mientras observaba cómo se hacían mayores sus protagonistas e iba enfrentándome, a través de ellos, a situaciones que poco más tarde me tocaría vivir en primera persona. Pasé mi infancia perdida entre sus páginas. 

Hace un tiempo, de cuando la vida antes del covid (desde ahora a. C.), era sábado por la mañana y yo, para variar, no tenía plan. Ahí estaba, regodeándome en el tedio y la apatía; diciéndome a mí misma que no tenía amigos, que moriría sola, y que quizás debería empezar a barajar la posibilidad de adoptar un gato, aunque los odie con todo mi ser. Como tantos otros antes y después de mí, intenté matar el tiempo haciendo scroll en todas las redes sociales a mi alcance, hasta llegar al anuncio de una pop-up store de ropa vintage que se celebraba ese mismo fin de semana en el barrio de Malasaña de Madrid.

Allí me planté, con el pelo sucio recogido en un moño para disimular y mi tarjeta de débito lista para gastarme los pocos euros que me quedaban en unos vestidos que, seguramente, nunca llegaría a ponerme. Empecé a rebuscar “gangas” entre los millones de burros que decoraban el local. Ochenteros, noventeros, de flores, de manga larga, de tirantes… Aquello parecía inabarcable. Al final, elegí tres vestidos distintos: el primero era granate, de corte colegial de manga larga; el segundo, de rayas rosa salmón y también de manga larga, y el tercero era abotonado de tirantes negro con florecitas blancas.

Una vez seleccionados mis posibles tesoros, me metí en el probador comunal. Antes no, pero ahora me encantan este tipo de salas. Son un lugar de reunión pintoresco y con mucha vida. Mires donde mires, siempre hay una historia distinta, tantas como cuerpos, pero todas compartimos esa misma vulnerabilidad ante la mirada, a veces juez, o al menos así nos han enseñado, de otras mujeres. Por suerte, y por si acaso, yo me había llevado un conjunto básico de ropa interior negro que no parecía demasiado viejo.

Primero, me probé el granate. Con él parecía sacada de ‘Amar en tiempos revueltos’, pero me gustaba. El problema es que no sabía si tendría calzado adecuado: vivo en zapatillas; mis pies son demasiado anchos para los zapatos bonitos. Pies de sirena, les llamo; pero quizás con unos botines… 

En esto pensaba, con la mirada perdida en el espejo, cuando advertí que alguien me observaba al otro lado. Pocos puestos más allá, una mujer menuda y castaña parecía escudriñarme a lo lejos, mientras una de las dependientas de la tienda la ayudaba a probarse prendas. 

Decidí no hacer caso y seguir a lo mío. Al fin y al cabo, yo también miraba a mi alrededor de vez en cuando para pasar el rato —Cuando vas de compras sola, poco más hay para hacer—. Comprobé el ajuste de la cintura y que no hubiera manchas extrañas por ninguna parte. Todo correcto. Sí, quizás me lo quedaba. 

Empecé a quitármelo y, justo antes de posarlo sobre la silla para probarme el siguiente, la mujer del espejo apareció por sorpresa a mi lado. Tenía su vestido a medio poner y parecía haber venido a toda prisa porque la cremallera de la espalda no estaba subida. “Hola, ¿te lo vas a llevar? Me gusta mucho ese color”. Di un respingo. “Que si te lo vas a llevar”. La miraba, pero aún no me había recuperado de la impresión… Yo seguía en bragas. “Es posible, tengo que probarme los demás”. “Genial. Si no te lo llevas, lo haré yo”, sentenció, y volvió a alejarse. 

Cuando se fue, mi cabeza empezó a procesar lo ocurrido. Me sonaba muchísimo la cara de esa mujer. Todavía la escuchaba. Esta vez hablaba a voces con la dependienta que la había estado ayudando con las cremalleras, señalando el ya famoso vestido y preguntando si tenía otro igual. Evidentemente, no. 

Y por fin caí. La señora con la que competía por el vestido granate era ella: Elvira Lindo, la “madre” de Manolito, la responsable de tantísimos buenos ratos durante mi niñez. 

No sé por qué hice lo que hice. Quizás me pudo la avaricia, quizás soy un ser despreciable, quizás necesitaba conseguir una pequeña victoria después de un día de mierda, pero acabé comprando el vestido. ¿Por qué no fui capaz de agradecer a Elvira todo lo que había hecho por mí y se lo regalé? No tengo ni idea. El vestido aún no me lo he puesto. 

Sara Peláezhttp://sarapelaez.com/
Sara Peláez es periodista cultural y social media para Comedy Central (¡Oh! ¡Sorpresa! ¡No es un hombre!). Ha escrito, entre otros, para i-D Spain y Noisey (VICE), T Magazine (New York Times), MSN, notodo, El Duende y Binaural. Toma vermuses en Subterfuge Radio y co-dirige Revista Verbena. Borda palabrotas en sus ratos libres.

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