Un BMW con un pulpo de arena

Mi hijo estaba jugando por el parque cuando se tropezó con un cubo, del que salió un castillo de arena con una serpiente y le mordió. Rápidamente vino la dueña de la serpiente para ver qué había pasado.

Por suerte, no era una serpiente venenosa y lo único que hacía falta para curarle la herida era una pomada. La mujer dijo que su familia tenía una farmacia cerca. Allí nos recibió su hermano, que levantó un molde de plástico, apareció una estrella de arena y de ahí sacó la pomada.

Le pregunté por qué tenían las cosas guardadas en arena y me respondió en tono cínico que la arena cogía la forma del molde. Me pareció una tontería, así que lo ignoré y le puse la pomada a mi hijo mientras la mujer sacaba su móvil de una guitarra de arena.

Luego ella me pidió que le ayudáramos a buscar la serpiente. Salimos a la calle y nos subimos en su BMW, cubierto de un enorme pulpo de arena en el que trabajaban tres artistas alemanas. Íbamos con prisa, pero tampoco podíamos correr o se caerían del coche en marcha.

No había ningún rastro de la serpiente. Ella propuso revisar los areneros al ser la arena su hábitat natural. Yo sentía curiosidad y le preguntaba por su hobby, pero ella solo repetía que consiste en compactar los granos de arena.

Mientras estábamos parados en un semáforo, vi en una calle un dragón japonés de arena. Bajé del coche, pensando que la serpiente estaría ahí, y al meter la mano saqué un extintor. Vino ella y me dijo que justo abajo alquilaba un trastero. Yo no acababa de entender el tema de la arena y la mujer no hacía más que contarme que la arena sale de la playa.

Pero antes de marcharse, vio que la puerta del trastero no cerraba bien y que el pestillo estaba roto. Llamó varias veces a la gestoría que se lo llevaba, pero como nadie cogía el teléfono, nos subimos al coche y fuimos hacia allí.

Al llegar vimos que habían acordonado la zona. Por lo visto, se había derrumbado encima del local una escultura de arena del Sáhara. Y justo ahí encontré la serpiente. Pillé un cubo y me fui acercando poco a poco hasta que me lancé y la atrapé con el cubo.

Un cubo de arena que se desvaneció y que era mi hijo, ahora mordido por segunda vez.

David Marín
Lleida, 1999. A los 3 años, me llevaron al psicólogo porque no hablaba. Dijeron que era timidez, y que un caso así requería un tratamiento especial. Ahora sigo siendo tímido, pero escribo chistes. Graduado en Comunicación Audiovisual con vocación de guionista.

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