La verdadera y genuina historia del alce, el motivo por el cual Allan Stewart Konigsberg murió y Woody Allen no es quien creéis que es

En los años sesenta, vivía solo y no tenía pareja. Lo recuerdo bien; nadie vivía conmigo y no eran ni los años cincuenta ni los años setenta.

Una noche, regresaba a casa del trabajo, cuando en una carretera atropellé a un alce. Del golpe, mi coche sufrió un bollo grande en un lateral. El alce parecía más muerto que mi vida amorosa.

No quise dejar al alce por si causaba otro accidente. Así que lo até al parachoques y me lo llevé a casa, pensando que al día siguiente averiguaría qué hacer.

Mi despertador sonó a las seis y treinta y dos minutos. Mi apartamento olía a tostadas, huevos revueltos y a café recién hecho. Al entrar en la cocina, descubrí que el alce me había preparado el desayuno. Al parecer, el golpe contra el coche le había dejado inconsciente, pero nada más.

Me tomé el desayuno mientras leía el periódico del día anterior. Estaba muy bueno. El periódico se lo comió el alce. Más tarde, salí de casa, pensando que al volver del trabajo decidiría qué hacer.

Esa noche, el alce me había preparado pollo asado con patatas y verduras, mi comida favorita. Tras la cena, estuvimos viendo El fugitivo, cuarto capítulo de la primera temporada, en el que Karen descubre que el hombre al que ama está huyendo de la ley, pero a pesar de esto, ella decide continuar su relación con Richard, aunque eso signifique pasar el resto de sus días escapando.

Antes de acostarme, recordé que al día siguiente los Berkowitz celebraban una fiesta de disfraces. Yo no tenía con quien ir, así que pensé que al alce no le importaría.

Me disfracé de cazador y le maquillé al alce un bonito agujero en la frente. Yo le apuntaba y el alce hacía una mueca divertida, sacaba la lengua y se ponía bizco. En la fiesta, improvisamos una escena en la que yo le disparaba y el alce estiraba las patas y se dejaba caer al suelo. Le ponía mi bota en la cabeza y le pedía a alguien que nos hiciera una foto. Entonces el alce volvía a ponerse bizco y a sacar la lengua.

De camino a casa, até al alce al parachoques (era la única manera en que podía llevarlo de un lugar a otro) y me dirigí al bosque. Me quedé un rato ahí. Los faros iluminaron su ojete hasta que desapareció en la foresta.

Cuando arranqué el motor, unos metros más adelante vi al alce tirado en medio de la carretera. No habían pasado ni cinco minutos y ya alguien le había vuelto a atropellar. Al bajarme, me di cuenta de que el alce tenía la lengua fuera y los ojos bizcos. Me reí. Luego se levantó y se acercó al parachoques. Le até y regresamos a casa.

Pasaron los días. El alce me hacía el desayuno y me tenía preparada la cena cuando volvía del trabajo. Los fines de semana paseábamos por la ciudad e íbamos al cine. Sin que me diera cuenta, pasó un año, y llegó el día en que recibí una nueva invitación para la fiesta de disfraces de los Berkowitz.

Repetí disfraz, pero al llegar, los Berkowitz también se habían disfrazado de alce. El alce y los Berkowitz simularon pelearse y todo fue muy divertido. En esa fiesta, conocí a Heywood, un jovencísimo comediante. Él comenzaba a abrirse paso escribiendo textos para la escena underground neoyorkina. Le presenté al alce y luego me pasé la noche hablando con algunos amigos. Ellos tenían pareja e hijos. Me preguntaron por el alce y ellos vieron en mis ojos un brillo de felicidad. Esa noche empecé a valorar la posibilidad de formar una verdadera familia.

Los días continuaron y empecé a notar que el alce estaba distante. Salía por las noches y no regresaba hasta tarde. Siempre que le preguntaba, me respondía que había ido a pasear con unos amigos. Descubrí que me engañaba con ese joven comediante en un motel de las afueras.

Una tarde, pedí permiso a mi jefe para marcharme antes de la hora, y esperé en el coche a la salida del motel. Cuando salían de la habitación, Heywood subido al lomo del alce, los enfrenté.

Heywood me echó en cara que era un fracasado y que si el alce estaba con él era porque yo no sabía darle lo que realmente necesitaba. Discutimos. Heywood me dio un puñetazo en el estómago y caí al suelo. El alce intentó que no me siguiera pegando, pero Heywood estaba muy furioso.

En un momento dado, agarré una piedra y golpeé con ella a Heywood. Cayó al suelo y ahí se quedó. El alce se puso bizco y sacó la lengua. Esa vez, nadie rio.

Desnudé a Heywood y el alce me ayudó a atar su cuerpo al parachoques de mi coche. El alce recogió las gafas y el resto de ropa. Fue nuestra despedida. Ambos sabíamos que nunca más volveríamos a vernos.

Me subí al coche y me marché, con Heywood atado a mi parachoques, en dirección a un bosque de las afueras. Allí enterré su cuerpo y regresé a casa.

Pasaron muchos años en que temí que, tarde o temprano, la policía aparecería por mi apartamento, me esposarían y me meterían en la cárcel. En lugar de eso, conocí a Pam, me casé y tuve tres hijos.

Con el tiempo, supe que el alce había suplantado la personalidad de Heywood, aunque utilizó para ello un nombre artístico. Con su ropa, participaba en clubs donde, poco a poco, comenzó a despegar su carrera de comediante. La historia del accidente con mi coche (y todo lo que vino después) la adaptó, con gran sentido del humor, para un monólogo que tuvo mucho éxito. Así, el alce se convirtió en el famoso actor y director que todavía es.

Eso es todo.

Ahora sabéis la verdadera y genuina historia del alce y el motivo por el cual Woody Allen es, en realidad, un alce.

Toni Cifuenteshttps://autotomiarelatos.wordpress.com/
Toni Cifuentes es guía, corrector de textos y escritor (cuando puede o le dejan).

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