Fuencarral, pequeño comercio de hostilidad

Paseaba por la calle Fuencarral de Madrid. Esta zona se caracteriza por tener tiendas de moda pequeñas en las que el trato es fastidiosamente personal, incómodamente atento y hostilmente especializado. Por contrapartida, en las grandes superficies hay muchos empleados que están todo el rato colocando y ordenando. Muchos empleados, todos ignorándote. Es más, se visten de paisano. Las prendas que llevan son de la marca para la que trabajan, pero no usan uniformes. Si no te quieren hacer caso, pueden fingir que son clientes con un TOC agudo por el cual tienen que ordenar por tallas todo y en cualquier lugar. Te quedas tú solo contra la ropa. Con la ventaja de que el textil, si te gana, no tiene la capacidad de jactarse.

Sin embargo, en el escaparate de una de estas tiendas pequeñas de la calle Fuencarral había mochilas muy bonitas. Muy bonitas. Tanto que su belleza convirtió en olvido la hostilidad de estos establecimientos. Primeramente, desde la calle hice una incursión en su tienda online para mirar los precios. Pongo especial cuidado porque en este tipo de comercios se utilizan palabras que tienen implicaciones. Ecologismo, veganismo, sostenibilidad, artesanía, comercio de proximidad… El uso de cada una de ellas implica pagar un canon que repercute en el precio final, hacer la imagen de marca más minimalista y modificar la paleta de colores para acercarla cada vez más al verde pastel y los tonos tierra. Vale. Relax. Me podía permitir esas mochilas. Podía entrar. Fui precavido porque no tenía ganas de huir de allí después de mirar la primera etiqueta dejando olor a pobre.

No había nadie. No hubo ding-dong. La puerta no chirriaba. Me sentía un poco incómodo. Igual que cuando subo a sitios altos se me encoge el estómago y siento el vértigo de la caída, ahí sentí que mis dedos se aligeraban. Era el vértigo del hurto. Sé que robar está mal y no quiero hacerlo, pero una flagrante falta de seguridad como la que allí había a veces me hace sentir que estoy actuando contra natura y fallando a mi instinto de supervivencia. Las mochilas parecían gritar atronadoramente “róbame, no llevo alarma y me aburro aquí” y yo las estaba ignorando.

Apareció la dependienta. Con su presencia desapareció mi instinto de hurto, pero fue mucho peor. Recordé de golpe por qué se pasa tan mal en estas tiendas. La dependienta y yo. Solos. Sin testigos. Ella tiene claramente un estatus superior. Posee el poder de bajar una persiana de hierro y dejarme allí encerrado. Yo solo tengo mi dinero como arma de cliente para defenderme. Y por otro lado, no hay ningún otro empleado de más rango que pueda desacreditarla. Porque un poco de descrédito siempre viene bien, sobre todo si es hacia alguien en formación que está aprendiendo el funcionamiento de la tienda. Rebaja la tensión. Me recuerda que se puede fallar. Si alguien que lleva al menos un día en la tienda puede cometer errores, yo que llevo apenas 10 segundos, todavía tendré más margen.

Salió de una habitacioncita retirándose indisimuladamente el móvil de la oreja con ese aire de superioridad de quien ha etiquetado correctamente los nuevos precios de las rebajas en todos sus artículos. Después de preguntarme si me podía ayudar en algo y yo decirle con gestos “no, solo estoy echando un vistazo”, se puso detrás del mostrador. ¡Qué estrés! Ya todas las mochilas me parecían feas. Además, la dependienta acababa de coger una caja de chicles y era muy sospechoso. Jugueteaba con ella, pero no mascaba. Solo me miraba. Me observaba con la mandíbula fija. Me evaluaba como cliente. Seguro que dentro había pastillas de cianuro y estaba calculando la fuerza que tendría que imprimir a una de ellas para metérmela en la boca si ponía mala cara ante algún precio, si se me ocurría palpar el género con mis manos sucias de haber tocado prendas de Inditex o si miraba mochilas de hombre y de mujer indistintamente. Yo sudaba mucho. Pero es que era muy difícil. Me iba a equivocar seguro. Las mochilas son de lo más unisex que hay y yo soy tengo un aspecto bastante cis, con lo cual no puedo esconder mi error detrás de una fingida fluidificación de género. ¿Por qué habría dejado de afeitarme? Ahora entiendo por qué la pereza es un pecado capital.

Supongo que llevaría varios minutos paralizado en medio de la tienda decidiendo qué mochila escoger, así que la dependienta, muy bien instruida en el arte de evitar colapsos de clientes y a la vez acercarse a la consecución de una venta, me dijo: “¿sabes cómo va?”. Ante esa pregunta mis neuronas se aceleraron. Estaba buscando alguna grieta en el proceso. Repasé: cojo la mochila que me gusta, me acerco al mostrador, te la doy, rechazo la bolsa haciendo algún chiste ecológico sin gracia, pago con tarjeta sin decirte que quiero pagar con tarjeta porque a estas tiendas nadie va con dinero en efectivo y todos pagan con tarjeta, pienso que si me hubieras dicho que si quería copia te hubiera dicho que no porque ahora tengo un trozo de papel que se desintegrará en el siguiente lavado de los pantalones y, por último, salgo pitando reprimiendo una náusea por el estrés de comprar en el pequeño comercio y me prometo que hasta el año que viene no vuelvo a someterme a tanta presión. Ese es el proceso que conoce todo el mundo. Compra básica. Pero si la dependienta me estaba preguntando que si sabía cómo iba es porque había algo más.

Era un hecho, no sabía cómo iba. Pero la dependienta no soltaba la caja de chicles. Así que fui consciente de mi ignorancia y, en consecuencia, de mi derrota como cliente. Una derrota que podía terminar con una explosión de cianuro en mi paladar. No me quedó más remedio que jugar una carta que siempre tengo preparada para huir en este tipo de situaciones. Respiré hondo. Me coloqué entre la dependienta y la puerta y, una vez que me aseguré de que estaba lejos de sus garras de vendedora, le pregunté: “¿de qué material son?”. Estaba tan nervioso que no podía escuchar lo que decía, pero cuando la vi mover la boca lo que estimé que eran al menos cuatro sílabas mentí diciendo “lo siento, soy alérgico, buenos días”. Me fui pitando. Yo estaba vestido con ropa y las prendas que tenía puestas podían ser del mismo material al que era supuestamente alérgico. Y no quería correr el riesgo de que la dependienta se abalanzara sobre mí y descubriera al tacto mi engaño.

A día de hoy no tengo mochila, pero sí unos bolsillos de los pantalones en los que me cabe una sandía. Tampoco sé exactamente por qué la dependienta me preguntó que si sabía cómo iba. ¿Qué tendrían de especial esas mochilas? Seguro que en su web lo explican, pero si lo miro sería delatar los motivos reales de mi huida. Y me rastrearían. Y quién sabe qué represalias podrían tomar contra mí por ser un fraude de cliente. Tampoco diré la marca. Aunque mi miedo aquí no es tanto por su cianuro guardado en una caja de chicles como por vuestros mensajes cuestionando mi gusto diciendo que esas mochilas no son para nada bonitas o que todo lo que sufrí merecía la pena para adquirir un ejemplar tan magnífico.

Fermín Hernández
Es ingeniero converso de profesión pero hace cosas de vocación. Toca en grupos pop de Madrid y pervierte su Instagram escribiendo hasta el límite de caracteres al pie de fotos cada vez más borrosas.

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