Franz Kafka y su novia, Felice Bauer, van a un club swinger

Extracto de la carta que Franz Kafka escribió a su amigo Max Brod el 14 de noviembre de 1913 en la que el escritor checoslovaco cuenta su experiencia en el club “Swingers Club Fantasy” de Praga.  

Querido Max, tengo que contarte algo. Anoche, mientras cenábamos, Felice me propuso ir a un club swinger. Levanté la vista de mi sopa de patata y la miré aturdido. “¿Un club swinger? Eso tiene que estar lleno de microbios”. Felice hizo un mohín. “Está completamente higienizado. Me lo ha dicho Helga que fue ayer con su novio Adolf”. Los ojos de Felice centelleaban. Dos enormes protuberancias saltonas que me miraban de manera reprobatoria. No veía a Felice tan excitada desde el día que me dejé patillas. “Aféitatelas. Pareces un schlemiel”. Obedecí.   

“¿Bueno qué? ¿Vamos o no vamos?”. Quería decirle que no, de ninguna manera iba a meterme en un antro maloliente a ver como otro pavo le comía las tetas. Ella follaría, pero yo no. Ya me costaba tener una erección en la soledad de nuestro dormitorio -erecciones siempre débiles, deprimentes, insatisfactorias-, así que era muy improbable que la polla se me pusiera dura rodeado de otras personas. Además, en esos lugares suelen poner música de baile para animar a la gente. ¡Imagínatelo! Yo, con los calzoncillos por los tobillos, pajeándome mientras veo como a Felice le comen el coño mientras suena “Das Buch der Hängenden Gärten” de Arnold Schoenberg…  

Me serví un vaso de schnapps. Necesitaba tiempo para pensar. Ella me miraba fijamente, esperando mi respuesta. Yo me sentía cohibido, incómodo, arrepentido de haberme echado novia. Lo pasábamos tan bien cuando solo éramos tú y yo Max. Nuestros paseos por la orilla del Moldava, nuestras tardes organizando el asesinato de mi padre… Todo eso se acabó. Ahora tenía que irme con la salida de mi novia a un puto antro de mierda a pasar calor. “¿Es por el dinero, Franz? Son solo ciento cincuenta coronas e incluye dos consumiciones”. No, no es por el dinero, querida Felice -aunque, con ciento cuarenta coronas, podría comprarme un bombín nuevo-, es porque no lo veo. ¿Qué te hace pensar que me apetece estar en un local oscuro rodeado de tíos desnudos? La pesadilla de un hipocondríaco: estar encerrado en un sótano esquivando lefazos…  

Quise decirle que se olvidara del tema… -si quería pasar una noche de viernes divertida podíamos quedarnos en casa asando arenques-, pero no pude. “Vale, vamos. Pero con una condición. Que tengamos una palabra de seguridad. Una palabra que podamos decir si ocurre algo que no nos gusta”. Le pareció bien. Estaba cachonda y me iba a decir que sí a todo. Tras fijar la palabra de seguridad -sehenswürdigkeiten- se fue corriendo al dormitorio para cambiarse de ropa.  

Yo me quedé en la cocina. Sorbía la sopa de patata cabizbajo mientras pensaba en la sordidez del ser humano. Sentía náuseas al comprobar, una vez más, que la vida es tan solo una convención social absurda basada en el chantaje emocional. También pensaba en si me quedaba algún calzoncillo limpio.  

La culpa invadió todo mi ser nada más llegar al club. Llamamos a la puerta y se abrió una mirilla. Enloquecí. Me sentía juzgado por el ser invisible que nos observaba desde el otro lado. Un ente abstracto que me abrumaba y arrebataba mi dignidad. ¿Qué hacía allí, degradándome de esa manera? Sentía el desprecio, la burla, el desdén de aquel desconocido que nos observaba por la mirilla… “Ya estás con tus paranoias”, me reprochó Felice, “tómate un orfidal y no me des la noche, anda”. Quise gritar, salir corriendo, refugiarme en la oscuridad de mi habitación… pero entonces la puerta se abrió. Al otro lado había una chica rubia en camisón.  

“Hola pareja. Son ciento cincuenta coronas”.  

Entramos. Caminé a tientas por aquel lugar oscuro que olía a sudor y desinfectante. La lúbrica Tercera Sinfonía de Anton Brucker atronaba por todo el antro. Sudor, bailes grotescos, parejas que nos devoraban con la mirada… Felice está buena y yo tengo mi público. Una polla circuncidada da mucho morbo. Éramos novatos, carne fresca. Todos nos miraban con deseo. Un deseo procaz y salvaje que, tengo que reconocer, querido Max, me puso cachondo. A pesar del miedo de encontrarme allí con alguien de la oficina o de pillar un sidazo, lo insólito de la situación y un chupito de Jägermeister, hicieron que me entraran ganas de desmelenarme. La pastilla de cocaína que me pasó Felice -se la había recetado su médico-, también ayudaron a que me desinhibiera poco a poco.  

Lo probamos todo, querido Max. Jacuzzi, glory hole, potro de tortura, gang bang… Se me fue la puta olla. Caí en trance. Años de represión se fueron a la mierda en cuanto me comí la primera polla. Pollas y coños, tetas y culos, lenguas y manos… aquello era un delicioso caos. Me follé a una rubia tetona que se parecía a la emperatriz Zita mientras su novio, un conde prusiano de bigotes encerados, le daba polla a Felice. Se lío parda. Nos fuimos a una cama redonda y se unieron más parejas. Un polaco musculoso me pajeaba mientras yo le metía un dedo en el culo a la mujer del burgomaestre de la ciudad. Aquello era un sin dios. Pero era feliz, Max, por primera vez en mi vida era feliz. ¿Quién hubiera pensado que correrme en la boca de una desconocida mientras Felice le comía el coño iba a acabar con mi neurosis? Lo único malo es que allí había uno que tosía mucho, espero que no me haya pegado la tuberculosis. Jajaja.  

Ocurrieron muchas cosas más, querido Max, pero ya te las contaré en persona. Pasado mañana vamos otra vez. ¿Por qué no te vienes con nosotros? Felice me ha dicho que te encuentra atractivo y a mí tu chica, Elsa, siempre me ha puesto un poco palote.  

¡Abrazo! 

Alberto López
Alberto López es guionista. "Siete Vidas", "El Intermedio", "El Ministerio del Tiempo", GQ, Cinemania o El Mundo Today han tenido la suerte de poder contar con su pluma. También ha escrito para Paquirrín.

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