Estatutos fundacionales de la PCLRSI “Plataforma Contra las Relaciones Sociales Innecesarias”

Estimado lector: gracias por suscribirse a esta nuestra edición para el hombre del mañana: HOY

¿Ha recibido alguna vez una llamada comercial insistente a horas intempestivas que no ha sabido cortar a tiempo? 

Dándose el caso de lectores que nos han escrito preocupados porque la extensión de dichas charlas (monotemáticas) les han impedido ver el siguiente episodio de su serie favorita.

O tal vez, estimado, querido y (más que necesario) suscriptor, ¿se ha visto acorralado en una conversación banal de sala de espera médica?. Esas que hacen que aumente el deseo por entrar de una vez. Prefiriendo el dolor de una extracción dental antes que escuchar una palabra más sobre lo que le pasó a la prima, de la hermana, del cuñado, del primo del ocupante de la silla contigua, el día que fue a una simple revisión y salió sin sus dientes y una radiante dentadura postiza. Que si bien es cierto que cumplía su función, brillaba demasiado y aún hacía a la persona en cuestión, añorar aquellos imperfectos (pero reales) dientes.

Como sociedad nos enfrentamos cada día a este problema y, conscientes de que es algo que preocupa a nuestra audiencia, hemos elaborado una guía para evitar relaciones sociales innecesarias de una manera (cómo no) educada y caballeresca.

1. Llevar siempre cascos, cuanto más grandes mejor. Existen modelos maravillosos con reducción de ruido por si lo que quiere es no escuchar literalmente NADA.

2. Ponérselos. Paso lógico e imprescindible para evitar dar lugar a charlas imprevistas.

3. Paciencia y asertividad. Dos atributos de los que las personas con tendencia a contar su vida, carecen.

4. El punto número 1 no servirá por si solo de nada ante un chisme jugoso que deba ser OH POR DIOS, CÓMO NO, compartido. Por lo que habrá que intensificar las acciones.

5. Mirar a la persona (evitando siempre el contacto visual, no cometa ese fatal error) sonreír y señalar los cascos dándoles toquecitos claramente audibles.

6. La persona, a la que a estas alturas llamaremos: contadora. No se desanimará tan fácilmente y nos hará señas para quitarnos los cascos. En ese caso existen dos opciones: hacerlo, escuchar una frase, sonreír (sin decir palabra, el momento de abrir el pico establece una regla no escrita de implicación en la conversación a todos los efectos legales) y volver a ponerse los cascos subiendo la música (o haciendo como que se aumenta, si lo que se trata de escuchar es el silencio) y dos…

7. Coger una revista, libro, o catálogo de supermercado y leerlo con toda la atención del mundo. Como si cada palabra ahí escrita, cada oferta, cayera en el examen de mañana.

8. Para ello, es importante la “cara de leer” que consta de: visión fija, cejo fruncido, pequeños gestos de asombro y algunos ruidos que indiquen sorpresa, desaprobación o lo que se considere adecuado.

9. Si la narradora está curtida y bien entrenada no se detendrá. Llegando incluso a acercarse (distancia social ¿eso que es?) para preguntar ¿así que leyendo eh? El punto final, la amabilidad se tambalea, las fuerzas flaquean. Pero no tema, nuestro fiel suscriptor, aún queda una opción: hacerse el mudo

Para ello es crucial mirar a la persona con gran pesar, señalar la zona de la garganta y negar con una gran pena interna.

10. Si todos los demás puntos fallan. Se verá abocado a una conversación que puede durar minutos, horas o, si ocurre en la sala de espera de la Sanidad Pública, años. Se conocen datos de personas que perdieron su identidad tras escuchar tantas historias innecesarias que ya no están seguras de sí son meros personajes secundarios de la historia principal de narradora.

Deseamos encarecidamente que estos consejos le ayuden en su (nuestra, la de todos) lucha contra las relaciones sociales innecesarias.

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P.D. Tenga mucho cuidado con lo que lee en internet. La amiga del hermano del abuelo de mi tía leyó un artículo como este que resultó ser una estafa piramidal.

Zulay Monterohttps://zulaymontero.com/
Zulay Montero estudió Periodismo por culpa de su libro favorito de pequeña: Sheila la Magnifica, en el que una niña creativa (y un poquito mentirosa) montaba un periódico durante un campamento de verano. Con el tiempo, la realidad de los medios de comunicación fue rompiendo sus sueños hasta hacerla caer en el lado oscuro de la publicidad. Ahora está de vuelta, retomando su pasión y dejando salir su auténtica voz: irónica, cruel y satírica, esa que se escondía tras la máscara de pretendida cordura que construyó para encajar. También es fan de cantar mal por la calle, estudiar filosofía para que su vida sea aún más absurda y trabajar en marketing mientras monta una ONG de comunicación solidaria. Pura contradicción e hipocresía.

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