Clase magistral de un profesor cansado de borrar «cohetes» de la pizarra

Borrando el pene naíf de la pizarra, el maestro, daba comienzo a la clase.

-Sabéis que no pongo impedimento a cualquiera de vuestras expresiones artísticas, pero el uso del phallos está muy manoseado.

-¿Está usted cansado de ver tantos phallos, maestro?

Una pregunta que despertó las risas de toda la clase, y a la misma vez, hizo recordar al docente una vieja historia.

-A veces pienso en vosotros y recuerdo al joven que fui: atlético, intrépido y, aunque no lo creáis, ligón. Hasta que sucedió un acontecimiento que cambió mi vida.

-Maestro, el examen.- Le recordó un alumno-

El maestro, absorto, estaba con la mirada puesta en la ventana.

– …Iba camino a casa, después de una larga jornada en los campos de cebollas de mi padre…

-Ofú, no hacemos el examen.

– ….De pronto, un caballo se cruzó por mi camino a toda velocidad. ¡Imaginad el susto! Se adentró en la llanura de los campos de mi viejo padre, no podía irme, corríamos el riesgo de que ese veloz animal destrozara las tierras y el trabajo de tantos días. Tengo que confesaros que siempre me habían dado mucho respeto los caballos, así que la decisión de ir a por él…no fue fácil. Era un muchacho como vosotros… la tarde caía, cada vez se veía menos, pero si esperaba, lo perdería. Decidí ir a por él. A medida que me acercaba al animal… por cierto, ¿sabéis cómo se dice caballo en latín?

-Don Juan, el trimestral, que se nos va la hora.

– ¡Equus ferus caballus! Precioso, ¿verdad?

– De locos…

– Pues en busca del corcel me percaté de algo raro. A medida que me acercaba al animal… la oscuridad desaparecía, y un brillo emanaba alrededor del potrillo…

– ¿Una farola?

El docente, durante una breve pausa, silenció el surco de sus labios con los ojos brillantes.

– Este, no escucha.

– …Me doy cuenta de que en su predominante cabeza, tenía algo aún más predominante…

– ¡Una polla!, venga maestro, que traumas infantiles tenemos todos. Si alguno de los compañeros no los tiene, se los está creando usted, ahora. El examen por favor.

– …Algo, fuera de lo común, de lo real…

– Madre mía… me ha dejado en visto.

– Un cuerno, sí, lo que os digo, tenía un cuerno. Era un unicornio queridos jóvenes…

– No hay nadie al volante.

– …El susto fue tremendo. No sabía qué hacer, me quedé en shock, y el ser mitológico se acercó noblemente hacia mí. Estaba tan asustado, que oriné mis pantalones. El unicornio parecía sentir mi miedo… es curioso que lo recuerde todo a la perfección… ¡Qué fácil es dejar huella a vuestra edad! uno nunca olvida cosas así… No sé si me atrevo a contar lo que pasó…

– Por favor, cuente lo que sea ya. Pero rápido.

– El unicornio, me miro a los ojos, no pude aguantar la mirada y cerré los míos. Mi único deseo era que cuando los abriera el animal, el monstruo o lo que fuere, se hubiese o hubiera, pluscuamperfecto de subjuntivo, chicos, ido…

Don Juan, como si del mismo Juan de Mairena se tratase, se dio la vuelta para contemplar la pizarra. En ella, aun se podía ver la silueta mal borrada del cohete que había disparado este relato breve (559 palabras, Ups 562, no 564 ¡ah! 566, bueno da igual, sigo). No hablaba, sus alumnos, algunos dormidos, no daban crédito a lo que estaba pasando, nadie se atrevía a romper el silencio.

– …Pero… no se marchó. Abrí los ojos, noté una especie de sonrisa en su boca y… sin poder hacer nada… me mordió…

– Maestro… ¿Dónde le mordió?- Alumno titubeando-

El adulto, que seguía de espaldas, suspiró. Se escuchó un ruido de cremallera y de pronto, dando una vuelta, cual Tik Tok de un veinteañero, con los pantalones y calzoncillos bajados, dijo;

– ¡En el phallus! ¡Pedazos de zurumbáticos! ¡Que sois unos mangurrinos! ¡Verriondos! ¡Zascandiles! ¡Crapulosos!

– Pero, ¿qué dice?

– ¡Cómo que qué dice, que tiene el nabo fuera, corre!

Don Juan, esta vez nada que ver con Juan de Mairena, estuvo quince minutos corriendo por la clase, con el miembro fuera, hasta que llegó la policía y lo detuvo. Ahí, acabó su carrera.


Algunos no se explican qué pudo pasar. Los alumnos, ahora adultos, recuerdan ese día cada año haciendo una visita a la tumba de aquel profesor de latín que se volvió loco. Siempre depositan en el lugar donde descansa don Juan, 750 capullos de nardos (Que son el número de palabras que tiene el relato. ¡Mierda! 764 ¡no! 773 va… da igual… Telón y Fin).

Santiago Caballero Díaz
Escribo teatro y lo unico que me gusta del ser humano es la risa. Que se mueran todos los hijos de puta, yo el primero.
Artículo anteriorTengo un amigo
Artículo siguienteCuriosidades del mundo del cine

Más cosas